Carlos Newland realiza un análisis muy prolijo del sistema educacional de Buenos Aires, abarcando un amplio abanico que contempla los más variados aspectos que se relacionan con el tema. En ese sentido su obra resulta valiosa e ilustrativa.

Su trabajo contribuye, lo mismo que otros de su tipo, a probar que los argentinos pusieron énfasis en el problema educativo desde los tempranos días de la independencia; pero ésto pone en evidencia también, y quizás sin desearlo, que el acento estuvo más en la cantidad que en la calidad y que, ciertamente, preocupaban mucho los primeros grados y muy poco los sucesivos. Quizá una de las pocas dudas que queden después de leer este libro esté referida a cuál era el nivel de alfabetización que proporcionaba la escuela. El desarrollo del libro parece indicar que era alto para la época. Sólo un párrafo (p. 143) deja entrever que gran parte de los niños abandonaban el colegio y que, en realidad, muchos sólo asistían entre seis meses y dos años. Los datos sobre analfabetismo son relativamente escasos, lo que, quizás, pueda explicarse teniendo en cuenta que el autor afirma que sus primeras fuentes fidedignas corresponden prácticamente al final del período que analiza.

Destaca la educación femenina que, desde la época colonial, fue paralela a la de los varones, rompiendo con el mito que afirma que las niñas no eran enviadas a la escuela y demostrando que, a diferencia de Europa, en Buenos Aires ambos sexos acudían a la escuela por igual.

Como todo trabajo dedicado a la educación, el de Newland se detiene en el pensamiento de Sarmiento, estrechamente relacionado con su afán civilizador. Piensa que el sanjuanino repite el diagnóstico social de los ilustrados y que su concepción de la educación como la panacea civilizadora capaz de inducir a un nuevo comportamiento mental es lo más importante de su pensamiento educativo. Rememora sus esfuerzos en favor de la educación común bajo la dirección centralizada del estado, la municipalización financiera, y la exclusión de los padres y su influencia negativa; así también como la oposición sistemática de algunos sectores y los fracasos de muchos de sus proyectos.

Resalta los avatares de la escuela pública. Los intentos de centralización del sistema y la aplicación esporádica de la gratuidad, sin olvidar la acción de la Sociedad de Beneficencia. A mayor auge de la escuela pública corresponde uno menor de la escuela privada y viceversa; pero, de acuerdo a los números que aporta el autor, nunca—ni siquiera durante las gestiones públicas de Sarmiento—la escuela pública pudo superar a la privada ni en cantidad ni en calidad.

También preocupa a Newland los vaivenes de la enseñanza de la religión. Rosas la auspició pero terminó poniéndose en contra de los jesuitas que, en 1841, abandonaron el país; mientras un reconocido agnóstico como Sarmiento la defendió. Ello pone en evidencia la paradoja de los hombres públicos de la Argentina o, en todo caso, la sujeción de todo a la primacía de la cuestión política.

Concluye afirmando que una mayor alfabetización no implicaba mayores ingresos económicos, y dice que autores extranjeros han hecho igual comprobación para otras partes del mundo. Termina su trabajo destacando sus aportes respecto a la historiografía existente. Afirma haber demostrado que el peso que la escuela liberal ha otorgado a figuras como Sarmiento y Rivadavia es, en verdad, relativo y, contradice a los revisionistas, cuando demuestra que las escuelas privadas crecieron “a pesar” de Rosas y no con su apoyo.

En una palabra, su obra contribuye a desmitificar ciertos paradigmas repetidos en la Argentina por los autores enrolados en una u otra escuela. Acuerda en cambio con la opinión del norteamericano Mark D. Szuchman acerca de la intención de las clases dirigentes de implantar ciertas normas de comportamiento en el pueblo, pero relativiza el éxito obtenido, habida cuenta la gran importancia del sector privado que no estaba controlado por las élites. También relativiza la trascendencia de las controversias entre padres y educadores puestas de relieve por Szuchman, las que, a su criterio, no parecen haberse prolongado más allá del tema de los castigos corporales.

Habida cuenta todo lo dicho, pensamos que este trabajo constituye un aporte novedoso para una cuestión que a lo largo del tiempo ha preocupado a muchos estudiosos argentinos, los que, sin embargo, no pudieron—o no quisieron—sustraerse a las influencias ideológicas de las escuelas historiográficas en las cuales se enrolaron.