¿Puede un antropólogo escribir setecientas páginas sobre un pueblo indígena contemporáneo sin estudiar sus relaciones sociales? ¿Su configuración, procesos y organización social del trabajo, formas y principios del parentesco por alianza, etc.? Sí, y el trabajo de Jacques Galinier sobre los otomíes de la Sierra Madre Oriental mexicana está aquí para demostrarlo. De hecho, este trabajo se inscribe en una larga tradición francesa, de Marcel Griaule a Claude Lévi-Strauss, que concede prioridad al estudio de las producciones simbólicas de la religión (cosmología, cosmogonía), del lenguaje, y de la organización social (reglas matrimoniales), para describir una cultura específica. Independientemente del enfoque que puede ser culturalista, psicologista, o estructuralista, este método menosprecia el análisis de la función simbólica y, así, es incapaz de dar cuenta del lenguaje político de las prácticas rituales, del cómo y para qué se transforman en relaciones sociales, es decir, se materializan para “producir” y reproducir la sociedad.

Es verdad que Galinier señala que su “tema” es “la manera en que los indios otomíes han logrado. . . preservar una visión del mundo basada en una sutil red de correspondencias entre la imagen del cuerpo y el cosmos” (p. 11) y su finalidad “apreciar la importancia del cuerpo en el sistema ritual y en la imagen del mundo (p. 12) y no la sociedad otomí. Basado en años de trabajo de campo, un dominio superior de la lengua otomí, y un enfoque eulturalista, el autor hizo la exégesis erudita de los rituales terapéuticos y agrícolas y del carnaval otomíes, con diez páginas de comentarios sobre la “dimensión sociológica” de los rituales del carnaval. Aquí por primera vez encontramos otomíes de carne y hueso: se habla de tradición e integración nacional, emigraciones, antagonismos territoriales, sean de linaje o agrarios, etc. (pp. 464-74). En sus conclusiones Galinier entregó cumplidamente el modelo de la visión del mundo otomí.

Lo extraño es que el autor, de última hora, en las diez páginas de conclusiones que se parecen mucho a las del carnaval, invoque al antropólogo marxista Marc Augé y la doble función de los rituales, “función simbólica” y “función ideológica”, discuta la teoría de lo simbólico y lo ideológico, para decir que los rituales “forman también un crisol de expresión libre que se halla en los límites de la protesta social” (p. 684, subrayado nuestro). ¿Quiénes son, pues, esos otomíes al borde de la protesta? No lo podemos saber, pero es obvio que el autor quiere ir más lejos que su investigación. ¿Por qué?

Nos parece que Galinier duda que su espléndido catálogo de la visión del mundo se sustituya al compromiso con los otomíes que rehusó. En la introducción de su libro había señalado que “las preocupaciones fundamentales de los otomíes con respecto a su sociedad no eran las que guiaban mi investigación” (pp. 21-22). Y también que para los otomíes “no hay reflexión sobre la sociedad que no pase por ese inmenso deseo suyo de justicia ante la pobreza, la desesperanza y la violencia ciega” (p. 22). Aunque también dijo que no era cuestión de hacer “mea culpa etnológica”, explica que forzó su propia visión del mundo entre los otomíes, un irresistible movimiento de regresión hacia una especie de imago mundi arcaica” (p. 24) porque compartía la obsesión de los occidentales, “de Aristóteles a Kant, pasando por el tomismo”, por conocer la visión del mundo del otro, “gracias a [la cual] todo pensamiento puede situarse con respecto al mundo” (p. 25).

Si realmente en sus conclusiones Galinier intentó hacer transparente a los otomíes su propia sociedad, no lo logró porque era demasiado tarde para renunciar a sus prejuicios europeos y enfocar el objeto de la antropología que es el estudio de las lógicas sociales.