El libro de G. P. C. Thomson es una aportación doblemente valiosa a la historia de México: 1) estudia la historia económica de la primera mitad del siglo XIX, tema casi inexplorado y 2) es el primer ensayo exhaustivo sobre un centro industrial importante de la periferia durante los años en los cuales la revolución industrial transformaba a Inglaterra y comenzaba a difundirse por Europa continental y los Estados Unidos.

Durante más de tres siglos, Puebla fue el centro industrial más importante de México con una producción artesanal y manufacturera variada orientada a satisfacer la demanda de la población local. Thomson tiene razón cuando la caracteriza como una anomalía. Mientras el resto de la economía respondía al modelo exportador, los mercados locales restringidos o el autoconsumo, Puebla estaba dedicada a sustituir importaciones e imaginar formas para resguardarse de las inclemencias del comercio internacional.

Thomson logra describir las condiciones en que esta industria se desarrolla. Imponiendo altos costos de transporte a las mercancías importadas de allende el mar, la geografía protegía el desarrollo de una industria local incipiente. Por eso, pese a los esfuerzos de los administradores borboncs, la manufactura de la Nueva España floreció durante el último medio siglo de la colonia. El límite a su desarrollo provenía del auge de la principal industria exportadora, las minas de plata. Los grandes mercaderes no pudieron resistir la atracción de las inversiones en ese rubro y el comercio basado en el intercambio del metal precioso por productos ultramarinos de lujo cuya demanda crecía. “Un compromiso sostenido con la manufactura por parte de los mercaderes importantes sólo se producía cuando el sector externo estaba en crisis ya sea como resultado de la guerra o la crisis financiera internacional y la recesión comercial” (p. 35). Durante y después de la guerra de independencia, el catastrófico descenso de la producción minera revivió el interés del capital comercial por la industria. Hacia 1830, los comerciantes poblanos comenzaron a invertir en la modernización de la industria que dos décadas más tarde se encontraba en pleno auge.

Thomson intenta explicar también porqué, pese a su vocación manufacturera, Puebla no se transformó en el motor de una revolución industrial temprana en México. En la ciudad, debajo de los grandes cambios aparentes generados por la independencia, las viejas estructuras sociales y económicas se resistían a desaparecer. Fuera de ella, la ausencia de ferrocarriles frenaba la constitución de un mercado nacional y la predominancia de una política ligada al modelo exportador impedía el despegue industrial. En períodos claves, la competencia de otras ciudades vino a multiplicar los obstáculos.

Desde la introducción, el autor reconoce la profusión de temas y materiales no ligados a los argumentos centrales del libro. A veces, esto dificulta la exposición y extravía al lector. Por otro lado, la edición es descuidada: hay una gran profusión de errores no registrados en la fe de erratas. Pero esas limitaciones no impiden que el libro sea una aportación valiosa a la historia económica de transición de la Nueva España al México independiente.