El profesor Charles C. Griffin, distinguido historiador americano que tiene hechos valiosos estudios sobre el pasado de nuestra América indo-latina, aborda en este breve pero enjundioso libro, tópicos punto menos que singulares en la literatura histórica del continente. De México a esta parte no poco se ha investigado y escrito sobre el proceso de la emancipación de las antiguas colonias españolas, llegándose al abundamiento de relatos y al conocimiento casi total de los hechos que mediaron en aquel trascendental acontecimiento. Mas, salvo contadas excepciones, lo social y lo económico, dentro de tales aconteceres, no han merecido mayor interés de los historiadores o han sido soslayados o apenas enunciados en el texto de la relación.

Los tiempos en que vivimos y la modalidad de pensamiento con que hoy apreciamos o queremos apreciar los hechos, exigen un conocimiento de éstos por el lado de su realismo en el orden económico y social. Por lo que respecta a la rebelión de las colonias iberoamericanas contra su metrópoli y consiguiente lucha de largos años, interesa sobre manera adquirir noción de lo que hubo tocante a la especie, y de cuáles fueron los elementos de la misma índole puestos en juego en aquella jornada que definió la existencia de nuestras jóvenes repúblicas.

Tal es lo que hace el profesor Griffin en el libro aquí reseñado, o por lo menos intenta hacer, señalando hitos para un estudio de mayores proporciones, que toca hacer a quienes recojan la palpitante sugerencia. Consta el libro de la recopilación de tres conferencias dictadas por el historiógrafo americano, en la ciudad de Caracas, con ocasión de celebrarse allí el sesquicentenario de la independencia de Venezuela.

Aunque el reseñador no comparte con el profesor Griffin la idea primaria de que las revoluciones emancipadoras de la América Española “no produjeron transformaciones sociales y fundamentales,” sino la simple creación de nuevos estados soberanos, reconoce que su exposición de los hechos e interpretación en el orden merituado, a más de veraz, ès lógica y abunda en argumentos de sólida consistencia.

Bien es cierto que no atribuye el estallido de tales movimientos a una razón estrictamente económica, pero adjudica a los fenómenos de este ordere una importancia subida y asegura de que fueron acompañados “por muchas novedades en los campos económico y social.” Más aún: Afirma que la creación de las nuevas nacionalidades “no fue obra espontánea, ni labor de pocos años” y que ellas “iban germinando en sus orígenes dentro del recinto cada vez más incómodo de la organización imperial.”

Estos y otros conceptos relativos a la formación del verdadero espíritu de nacionalidad y a la no intervención, “salvo en casos aislados,” de la clase social realmente oprimida, que era la indígena, en el movimiento emancipador, no pueden menos de merecer la aquiescencia de quienes están en el conocimiento de los hechos y los juzgan sin falsos preconcepetos de nacionalismo indigenista. Se tiene por sabido que el aborigen no tomó parte activa en esa lucha, por lo menos deliberadamente y con conciencia de clase, y de que aquélla se libró, casi exclusivamente, entre criollos y peninsulares, con alternativas de banderío, en una colisión que tuvo todos los caracteres, de una guerra civil.

El criterio dominante en la exposición del profesor es el de las ideas liberales y el pragmatismo anglo-sajón. Tal criterio le conduce a generalizar estimaciones y procurar un nivel de apreciación e interpretación de lo acontecido en todo el continente. Disentimos de esa tendencia a la generalización, pues los hechos prueban de que, si bien el movimiento emancipador revistió caracteres análogos, de México al Río de la Plata, las diversidades étnicas y económicas de ésta o aquélla regiones determinaron modalidades de acción, que es preciso analizar y juzgar en detalle y no en conjunto.

Tanto es así que el propio Griffin, en un aparte de reflexión, señala discretamente: “La historia hispanoamericana colonial, que se suele tratar como unidad imperial, debe estudiarse mucho más desde el punto de vista regional.” Esta aserción, que se refiere sólo a lo atinente a la época del régimen colonial, tiene por fuerza que ser aplicada a la del movimiento que rompió con ese régimen.

Aun para el menos apegado a la tesis marxista de que el fenómeno económico lo decide todo, la razón de que, al concluir la lucha contra el poder colonial español, hubieran aparecido tantas unidades nacionales, sólo puede ser explicada por la determinante de los factores económicos regionales. Así de la economía ganadera del Río de la Plata, la cerealera de Chile, la yerbatera del Paraguay y la minera del Alto Perú, entre otras varias, tuvieron que surgir otras tantas nacionalidades, por cierto que no bien conformadas aún en el momento de su aparición. Huelga observar que dicho factor no hubo de mediar como absoluto, sino únicamente como determinante, al lado de otros de variada índole, que concurrieron con su propia fuerza generadora. El profesor Griffin lo reconoce también con alguna sobriedad y reticencia en la expresión, cuando analiza la actividad económica de los pueblos coloniales en lucha contra su metrópoli, entre las páginas 37 y 38 del libro que se comenta.

En obsequio a la brevedad, es fuerza atenerse a las cortas glosas que acaba de hacerse de este libro, cuyo sustancioso contenido se presta a mayor y más detenido análisis. El asunto es de tan capital importancia y ha sido llevado, en las tres conferencias que lo desarrollan, con tal erudición y tal orden en lo expositivo, que el profesor Griffin gana con ello un lugar señero en la bibliografía histórica del continente. Los breves y modestos reparos que formula el reseñador, apenas si alcanzan a ser acotaciones de índole estrictamente personal. Más que a indicar enmiendas, tienden a hacer notoria la valía del libro y magnificar su calidad.