La tradición oral y alguna que otra referencia escrita prestan información acerca de una faceta de la personalidad del insigne guerrero de la independencia don Antonio José de Sucre, que no por intrascendente deja de ser a lo menos curiosa y digna de ser tomada en cuenta. Siendo, como era, el gran mariscal un cumplido caballero y un gentil hombre de mundo, nada tiene de extraño que haya gustado del bello sexo y rendido a éste aquellas dotes de su genio que más exquisitas y delicadas se mostraban. Su romance con la bella marquesa de Solanda y las finezas que hubo de gastar con las damas de Chuquisaca asi lo prueban y verifican.

Lo que sí permanecía ignorado, hasta que el historiador y genealogista paceño don Arturo Costa de La Torre nos lo acaba de revelar, es que el vencedor de Pichincha y Ayacucho no sólo se atuvo a finas galanterías y románticas zalemas, sino que fué hasta logros de mayor alcance, en punto a predilecciones por las hijas de Eva.

Refiere el señor Costa que hallándose el gran mariscal en La Paz hubo de caer en las redes de cierta acaramelada hija del Illimani, llamada doña Rosalía Cortés y Silva, quien, a su vez, cayó en las que le tendía el bizarro vencedor de realistas. De este revoltijo de hilazones vino al mundo un parvullillo, a quien, el mismo día de su nacimiento, se cristianó con el nombre de José María. Andando el tiempo este José María habría de ser padre de numerosa familia y tronco de larga progenie, con varios descendientes en La Paz de los presentes días.

Costa de La Torre hilvana el tema con antecedentes personales del gran mariscal y un conciso relato de lo que ocurrió, o pudo ocurrir, cuando conoció a doña Rosa y entró en relaciones con ella. Para constancia de lo referido transcribe los documentos pertinentes y hasta incluye el facsímil de uno de ellos. Entra luego a ennumerar la descendencia de don José María Sucre y Cortés, son inserción o transcripción de los documentos fedatarios respectivos.

Por lo anotado se evidencia que el libro en cuestión, a más de interesante, es ameno y original. El relato se caracteriza por su fluidez y desenvoltura, bien que se resiente por su falta de animación y galanura literaria. Esto último no va como reparo, sino como simple advertencia de lector curioso. Como ya lo dijo alguien, no recordamos por el momento quién, perdería tiempo y paciencia en uno el crítico que exigiera lenguaje pulido y donosuras de estilo en un genealogista o un narrador de episodios. El libro de Costa de La Torre es esto, y al serlo, se nos presenta ameno, agradable e intersante.