Abstract

Este artículo analiza la política de radiodifusión del Gobierno de Salvador Allende y la Unidad Popular. Si bien Allende obligó a todas las estaciones de radio a entrar forzosamente en cadena nacional en situaciones de emergencia, prefirió ejercer influencia en el dial a través de métodos menos controvertidos (adquisición de radios comerciales, otorgamiento de concesiones a simpatizantes, distribución estratégica del avisaje estatal, etcétera). El presidente y los partidos de izquierda pusieron especial énfasis en el establecimiento y coordinación de una red de radioemisoras leales al Gobierno que abarcase todo el territorio nacional, esto en el marco de una acalorada batalla comunicacional con la oposición. La necesidad de competir con las estaciones de radio independientes y con las de la oposición forzó a la izquierda a adaptarse a las estructuras ya consolidadas de la esfera radial, pese a su desagrado por el carácter comercial y alienante del medio.

Introducción

Seguramente ésta será la última oportunidad en que pueda dirigirme a ustedes. La Fuerza Aérea ha bombardeado las torres de Radio Portales y Radio Corporación”. Con estas palabras, proféticas, Salvador Allende comenzó el que sería su último discurso público, a las 9:10 de la mañana del martes 11 de septiembre de 1973, transmitido por Radio Magallanes. Esa fatídica mañana, los primeros discursos del presidente de la República de Chile, en los que informaba de la sublevación militar en marcha y de su decisión de no renunciar al mandato soberano que le había sido conferido tres años antes, habían logrado transmitirse gracias a la línea directa que Radio Corporación tenía con La Moneda y a lo que quedaba de La Voz de la Patria, una cadena ad hoc de radioemisoras partidarias del Gobierno, que se coordinaban para transmitir los discursos presidenciales y las noticias importantes, así como para amplificar su difusión. Una vez bombardeadas las torres de Radio Corporación y Radio Portales, La Moneda sólo contaba con línea directa a una radio leal que permanecía al aire, Radio Magallanes. “Seguramente”, agregó Allende en ése, su último discurso, “Radio Magallanes será [también] acallada y el metal tranquilo de mi voz ya no llegará a ustedes”. En efecto, como Allende suponía, Radio Magallanes dejó de transmitir unos minutos después, víctima de lo que los golpistas denominaban “Operación Silencio”, una operación militar destinada a acallar las radios leales al Gobierno, y el sonido metálico de la voz de Allende –quien moriría unas horas más tarde– no volvió a escucharse sino a través de grabaciones.1

Este artículo examina la política comunicacional del Gobierno de Allende y los partidos que integraron la Unidad Popular, centrándose específicamente en la radiodifusión. En él planteo que Allende y los partidos de la coalición gobernante pusieron especial énfasis en el establecimiento y coordinación de una red radial que abarcase todo el territorio nacional y que defendiese a brazo partido al Gobierno, en el marco de una acalorada batalla comunicacional con la oposición. En los menos de tres años que duró el experimento revolucionario chileno, la izquierda pasó de tener una presencia radial ínfima a controlar alrededor de setenta radioemisoras –incluidas radios comerciales, radios universitarias y radios vinculadas a empresas y organismos públicos– a lo largo del país. Ahora bien, la política comunicacional que se desprende de la programación y de los experimentos de algunas de estas radios no fue todo lo revolucionaria que podría esperarse. La necesidad de competir con las estaciones independientes y con las de la oposición forzó a la izquierda a adaptarse a las estructuras ya consolidadas de la esfera radial, pese a su desagrado por el carácter comercial y alienante del medio. En otras palabras, las élites revolucionarias debieron morigerar sus impulsos transformadores y buscar un equilibrio entre los objetivos políticos del Gobierno y los heterogéneos intereses de una sociedad de masas que sintonizaba sus aparatos de radio en busca de esparcimiento y distracción.

La radio era un medio de comunicación de carácter masivo y especial importancia en el Chile de aquel entonces. Mientras que el tiraje de la prensa escrita bordeaba el millón de ejemplares y los aparatos de televisión eran todavía un bien de lujo, al que sólo podía acceder la clase alta y algunos sectores de la clase media, la audiencia de la radio era transversal, compuesta por varios millones de personas. Si bien las cifras publicadas en los reportajes y estudios de la época son inexactas, se calculaba que existían entre seis y siete millones de receptores de radio, una cifra sorprendentemente alta si se tiene en cuenta la población del país, que no llegaba a los diez millones de habitantes.2 Aún más reveladora es la audiencia efectiva, de aproximadamente un tercio de la audiencia potencial, mayor en las clases media y baja que en la clase alta y un tanto más elevada entre las mujeres que entre los hombres.3 Las páginas que siguen se centran ante todo en las estaciones de amplitud modulada (AM) en onda media, incorrectamente descritas, en Chile y otros lugares de América Latina, como de onda larga. Estas estaciones eran, por mucho, las más escuchadas.4 Al momento del golpe de Estado, existían más de 150 estaciones de este tipo a lo largo y ancho del país, cerca de setenta de las cuales eran controladas por sujetos y partidos ligados a la Unidad Popular.5

Este artículo está concebido, en primer lugar, como una contribución al debate académico en torno a la naturaleza, los alcances y las limitaciones del proyecto revolucionario chileno y, por extensión, de la Guerra Fría latinoamericana, un debate cuyos argumentos y conclusiones aún resuenan hoy, en Nicaragua, Venezuela y otros países de América Latina.6 En los últimos años, la discusión sobre la frustrada vía chilena al socialismo se ha visto enriquecida gracias a una serie de trabajos que han centrado su atención en la comunicación de masas, la esfera pública y la política cultural.7 Este giro, en el campo más amplio de la Guerra Fría, ha dado vida al estudio de lo que se ha denominado la “Guerra Fría cultural”.8 Tomados en su conjunto, estos trabajos sugieren que la batalla política y la batalla de la producción –que caracterizaron al proceso revolucionario chileno y a otros que, como éste, han intentado subvertir las estructuras capitalistas– estuvieron y siguen estando condicionadas por lo que aquí he decidido llamar “la batalla por la opinión pública”. El concepto, cabe la pena aclarar, no es mío, sino de los contemporáneos de Allende, que tenían plena conciencia de la importancia de esta batalla. Para citar las palabras del secretario general del Partido Comunista de Chile, Luis Corvalán, en 1972: “No concebimos un proceso revolucionario sin la batalla por la opinión pública, por el corazón y la mente de los ciudadanos de un país determinado. Sin una revolución cultural, sin una política en materia de propaganda”.9

La radio, pone de relieve este trabajo, fue un medio de particular relevancia en esa batalla. Aquélla permitía llegar a amplios sectores de la población, considerados cruciales por el Gobierno y la oposición –como era el caso, por ejemplo, de la clase trabajadora, conceptualizada como el principal beneficiario de la revolución en marcha, o de las mujeres, verdadera piedra de toque de la revolución chilena– de manera a la vez sutil y constante, ya fuese a través de ligeros cambios en la parrilla musical, de programas culturales con matices políticos o de la instrumentalización de los noticiarios. En última instancia, el interés del Gobierno en la radiodifusión y la sustantiva adquisición de estaciones de radio por parte de los dirigentes de la Unidad Popular –que tuvo su contraparte en la compra de estaciones realizada por la oposición y en la politización del medio radial en general– trastocó el funcionamiento de la esfera pública y alteró los términos del debate político, contribuyendo a debilitar las murallas que protegían a la ciudad letrada. El resultado fue una movilización y politización social inusitada, que no logró ser del todo canalizada a través del sistema de partidos y a la cual puso violento fin el golpe militar.

En segundo lugar, este artículo pretende contribuir al estudio de los medios de comunicación, un campo que ha despertado el interés de historiadores y científicos sociales de Chile y América Latina, pero en el cual la radio sigue siendo un medio tratado de manera marginal.10 Los mejores trabajos sobre la radio en la región han tendido a concentrarse en los primeros años de vida de este medio o en la llamada “era dorada de la radio”, que se habría extendido desde los años treinta hasta los cincuenta, cuando hizo su irrupción la televisión. Siguiendo el influyente trabajo de Michele Hilmes para Estados Unidos, la narrativa es por lo general una de expansión, homogeneización y construcción de nación, posibilitada por la tecnología y estimulada por autoridades, empresarios y trabajadores radiales.11 Al enfocarse en un período posterior y en un proyecto político controvertido, de pretensiones nacionales pero rechazado por sectores importantes de la población, este trabajo invita a los estudiosos de las comunicaciones a mirar más allá de la era dorada de la radio y a pensar la esfera radial como un espacio en disputa, en el cual coexistían y se enfrentaban diversos proyectos, de naturaleza tanto estética como ideológica. Aún antes de la masificación de la frecuencia modulada y de la correspondiente segmentación de la audiencia, la radiósfera era un mundo poblado de voces heterogéneas y contradictorias, donde convivían y, ocasionalmente, discutían amantes del jazz y de la música clásica, católicos y protestantes, revolucionarios y reaccionarios.

En lo que respecta a las fuentes, huelga advertir que esta investigación sobre la radio no se ha construido a partir de registros sonoros como el citado al comienzo del artículo. Lamentablemente, este tipo de fuentes no abundan para Chile, máxime en el caso de las radios de la Unidad Popular, la infraestructura de varias de las cuales fue destruida el mismo 11 de septiembre. Contamos, sin embargo, con documentación ministerial, escrituras notariales, discusiones parlamentarias, memorias de trabajadores radiales y estudios de políticos, periodistas y académicos de aquellos años, los cuales me han permitido reconstruir parcialmente la política comunicacional de la Unidad Popular. De mayor provecho aún ha sido la prensa escrita, donde se publicaron anuncios y reseñas de programas, denuncias y defensas del proyecto radial del Gobierno, entre tantas otras cosas de utilidad. Espero que el lector no sólo aprecie la ironía de este intento por historiar la radio a través de la prensa escrita, sino que en adelante la lea con oído alerta y ojo avizor.

La importancia de la radiodifusión en la batalla por la opinión pública era reconocida por defensores y detractores del proyecto revolucionario chileno, quienes hicieron ingentes esfuerzos por ejercer mayor influencia en el dial. Si los historiadores hemos tendido a olvidarlo, esto se debe, en parte, a que los registros sonoros no abundan y, en parte, a que el auge de la televisión, internet y otros medios han terminado por relegar la radiodifusión a un lugar secundario dentro del sistema de comunicaciones. Me aventuraría a sostener, sin embargo, que la historia política del siglo pasado difícilmente puede separarse de la historia de la radiodifusión. La revolución del sonido que trajo consigo la radio alteró de manera radical la naturaleza y los límites de la política, posibilitando y a la vez condicionando el éxito de proyectos políticos revolucionarios.

La batalla de los kilovatios: Adquisiciones, presiones y cadenas

La transformación que examina este artículo se dio en el marco de un álgido debate sobre la propiedad y la función de los medios de comunicación de masas, que ha analizado con detalle y elegancia Alfredo Riquelme.12 Este debate tuvo lugar tanto en los círculos de la izquierda como a escala nacional. En lo que respecta a la izquierda, el anhelo compartido de socializar los medios de comunicación se vio obstaculizado por discusiones en torno al contenido sustantivo y los mecanismos prácticos de dicha socialización. Mientras que unos sostenían que los medios de comunicación debían pasar a ser propiedad de los trabajadores que laboraban en ellos y funcionar como cooperativas, otros postulaban que el propietario debía ser el futuro Estado socialista.

No obstante el debate ideológico entre los partidarios de la cooperativización y los de la estatización, en la práctica la transformación del espectro radial chileno se dio a través del mecanismo capitalista de la compraventa, respetándose la legalidad burguesa y el derecho de propiedad. La mayor parte de las transferencias de propiedad de las radios comerciales que se pusieron al servicio del Gobierno fue el resultado de la acción independiente de los dos principales partidos de la coalición gobernante, el Partido Comunista (PC) y el Partido Socialista (PS), quienes tendieron a competir entre ellos, buscando hacerse de un mayor número de estaciones de radio, actuando ocasionalmente de consuno. La información confiable aparecida más cerca del golpe, publicada por la periodista Patricia Verdugo en Ercilla el 5 de septiembre de 1973, señala que el PS poseía 33 emisoras y el PC otras 28.13 Mucho más limitada, en cambio, fue la acción de los socios minoritarios de la Unidad Popular, como es el caso del Partido Radical (PR) o del Movimiento de Acción Popular Unitaria (MAPU), y de aquellos partidos de izquierda que no integraron formalmente la coalición, como es el caso del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR).

Tenemos una idea más o menos acabada de este proceso de adquisición de radios debido, en parte, a que se realizó a través de transferencias de acciones y escrituras de compraventa. Sabemos, por ejemplo, que el PS, en cuanto persona jurídica, se convirtió en dueño de la influyente Radio Corporación y de sus filiales el 9 de junio de 1971, al adquirir los derechos que los dueños de El Mercurio –que habían decidido vender la radio en noviembre de 1970, recién asumido Allende– tenían en la sociedad Corporación de Radio y Televisión Limitada. Sabemos también que la transacción se pactó en 1 960 000 escudos, que se pagaron en el transcurso de los meses siguientes con letras de cambio fechadas a 180 y 360 días.14 El proceso de adquisición de Radio Portales y de Radio Magallanes fue algo distinto, pues éstas pertenecían a sociedades anónimas y, por ende, su propiedad estaba fragmentada. La izquierda pasó a controlar Radio Portales debido a que la familia Hirmas, poderoso clan empresarial del rubro textil, decidió venderle sus acciones a Allende a bajo precio, en un intento por congraciarse con el nuevo presidente y “salvaguardar el resto de su enorme patrimonio”.15 Hombres de confianza de Allende (Jorge Venegas, Romilio Tambutti y Mario Osses, entre otros) adquirieron la totalidad de las acciones que poseían los Hirmas a inicios de 1971, y siguieron comprando acciones en los meses y años siguientes, hasta llegar a controlar el 51 por ciento de la sociedad, en desmedro de los intereses de los hermanos Tarud, quienes habían fundado la radio y decidieron mantener su presencia en la sociedad. En lo que toca a la sociedad anónima dueña de Radio Magallanes, la izquierda hizo su ingreso formal en junio de 1971, a través de tres sujetos, Alberto Ohlbaum, Cecilio Scherman y Fernando Venegas, quienes actuaron como testaferros de Allende y del PC y que, en conjunto, pasaron a controlar cerca del 80 por ciento de las acciones de la sociedad, si bien es necesario advertir que Allende terminó desentendiéndose de ella para concentrarse en Radio Portales y el PC aumentó su influencia en el transcurso de los años siguientes.16

Como demuestran estos ejemplos, el proceso de adquisición de radioemisoras por parte de la izquierda se dio en un plano eminentemente comercial. El dinero utilizado en las transacciones corrió, por regla general, por cuenta de Allende –quien participó en la adquisición de al menos cuatro radios– y los partidos políticos que lideraban la Unidad Popular, si bien Allende y el PC procuraron utilizar testaferros.17 La procedencia de los fondos utilizados por Allende y su círculo de hierro es aún materia de especulación y debate, aunque es probable hayan contado con cierta ayuda del extranjero.18 En lo que respecta al PS y al PC, sabemos que contaban con dinero suficiente para realizar este tipo de transacciones, puesto que tenían bienes inmuebles y empresas propias y recibían fondos del extranjero. El PC, por ejemplo, recibía una sustantiva subvención anual del bloque comunista, la cual era traspasada en dólares (por ejemplo, 400 000 dólares en 1970), una moneda fuerte, particularmente valiosa en el Chile de aquel entonces.19 Incluso el ultraizquierdista MIR utilizó dólares (10 000 dólares) para la compra de una radio comercial en 1973, los cuales parecen haber provenido de Cuba.20 Ahora bien, vale la pena señalar que la utilización de fondos provenientes del extranjero para cuestiones de índole política fue un fenómeno transversal en Chile, propio de la Guerra Fría.

La intención declarada de la izquierda de socializar los medios de comunicación generó rechazo en ciertos sectores de la opinión pública y le permitió a la oposición denunciar la compra de radios y periódicos como parte de una “escalada totalitaria” tendiente al monopolio y al control de la información.21 Esta actitud de rechazo y denuncia, en la que coincidieron la derecha y la Democracia Cristiana (DC), dificultó enormemente la justificación pública y, en última instancia, la concreción del proyecto de socialización de los medios. En opinión de Riquelme, la crítica de la derecha y de la DC “aisló la voluntad transformadora de la UP en este ámbito”, de por sí constreñida por la mentada legalidad de la vía chilena al socialismo y la aceptación, por parte de Allende, del Estatuto de Garantías Constitucionales, que obligaba al Gobierno a ser especialmente cuidadoso en el respeto a las libertades de opinión y expresión. Las debilidades intrínsecas del proyecto político de la Unidad Popular permitieron que “la oposición se apropiara [de la idea] del pluralismo y pudiera, en su nombre, estigmatizar una política comunicativa que, en los hechos, no había sino profundizado el proceso de democratización o incorporación de nuevos sectores al sistema de comunicación de masas”.22

El debate ideológico acerca de la comunicación de masas derivó en una serie de intentos por medir y comparar la influencia del oficialismo en el dial chileno, ya fuera para denunciar la escalada totalitaria del Gobierno o para justificar la compra de nuevas estaciones de radios. Además de titulares llamativos (v. g., “Arremetida del PC sobre radioemisoras libres”, “PC dirige operación para controlar la prensa”23) y alguno que otro grito en el Congreso (“¡Veinticuatro radioemisoras ha comprado el Partido Comunista!”24), que tendían a sindicar al comunismo como la principal amenaza, los periodistas y políticos de la oposición realizaron estudios empíricos y denuncias documentadas.25 El joven político democratacristiano Genaro Arriagada, por ejemplo, publicó en La Prensa de Santiago un comentario crítico y una revisión de los famosos trabajos de Elmo Catalán y Armand Mattelart sobre la estructura de poder de los medios de comunicación de masas. Los trabajos de Catalán y Mattelart, los cuales reconocían filas en la izquierda, habían sido publicados en el transcurso de 1970, antes de asumir Allende, cuando los “grandes clanes” que controlaban los medios de comunicación –incluidos tanto periódicos y revistas como estaciones de radio– estaban vinculados a empresarios o agrupaciones de derecha.26 Pero el panorama lucía muy distinto a mediados de 1971, cuando Arriagada publicó su comentario periodístico. En éste, identificó once “grandes clanes” o “grupos”, cuatro de los cuales eran ahora dominados por la izquierda, además de un quinto de propiedad mixta y en el cual tenía influencia el Gobierno a través de empresas públicas; el resto pertenecían a empresarios privados (tres) o a la oposición (tres). De esta manera, Arriagada puso en entredicho “el mito de ‘la dictadura de la Gran Prensa’, mantenido y alentado por los medios de información gobiernistas y por publicaciones de nivel académico que han perdido toda su vigencia como diagnóstico”.27

Otros opositores al Gobierno de Allende, como el periodista mercurial Tomás Mac Hale y el diputado democratacristiano Mariano Ruiz-Esquide, publicaron folletos y libros en los que, entre otras cosas, identificaban las radioemisoras adquiridas por la izquierda tras la asunción del poder.28 Mientras que el primero sistematizó también información sobre el otorgamiento de nuevas concesiones radiales y atentados contra las radios de oposición, el segundo extendió la polémica al ventilar públicamente sus sospechas sobre la procedencia de los fondos utilizados en la compra de una de estas radios por parte del PC.29 El senador democratacristiano Juan Hamilton, por su parte, acusó al oficialismo de haberse “apoderado de las dos terceras partes de las radiodifusoras con sintonía de alcance nacional”, una acusación que él y su partido propagaron a través de la televisión, la prensa y el parlamento.30 Esta estadística, algo mañosa, se basaba en las radios santiaguinas que contaban con departamentos de prensa, y estimaba que el 65,6 por ciento de la audiencia radial escuchaba informativos que favorecían a la Unidad Popular.31

Las acusaciones de totalitarismo forzaron a la izquierda a asumir una postura defensiva. La adquisición puntual de ciertos medios de comunicación se vio acompañada de lo que yo catalogaría como un discurso timorato, en el que la izquierda se limitaba a decir que estaba emparejando la cancha, sin atreverse a desafiar abiertamente los cimientos legales del orden establecido. Esta retórica, evidente en algunos titulares de la prensa de izquierda (v. g., “Desigual enfrentamiento en la radio”32), se vio fortalecida por las cifras entregadas por la Oficina de Informaciones y Radiodifusión (OIR) de la Presidencia de la República, que daban la impresión de una batalla aún desigual. La OIR, una repartición gubernamental de escasa importancia en administraciones anteriores, pasó a jugar un rol público relevante en estos años, a medida que aumentaba la tensión a lo largo del dial. Junto con el asesor radial de La Moneda, Antonio Benedicto, un comunista de procedencia argentina que la oposición argumentaba –erróneamente– había ayudado a Juan Domingo Perón a controlar la radiodifusión argentina, la OIR concentró buena parte de las críticas de la oposición en el ámbito de las comunicaciones.33

La OIR parece haber empezado a realizar estudios sobre la propiedad y postura política de los medios de comunicación a fines de 1971, como respuesta a la narrativa y a las estadísticas de la oposición. El ministro del interior José Tohá dio a conocer los resultados de uno de estos estudios en el Congreso el 6 de enero de 1972, al momento de defenderse de la acusación constitucional que pesaba sobre él. Esos resultados fueron reiterados y ampliados unos meses después en el mismo hemiciclo por el nuevo ministro del interior, Hernán del Canto, quien también había sido acusado constitucionalmente por la oposición. Ambos terminaron siendo destituidos, en parte, por el cercenamiento de la libertad de expresión que denunciaba la oposición. Según los datos del último trimestre de 1971 que manejaba la OIR, y que dieron a conocer ambos ministros, había 90 radioemisoras “decididamente opositoras” (64 por ciento) y sólo 51 radioemisoras “relativamente favorables” al Gobierno (36 por ciento). Además, la información de la OIR apuntaba que las radioemisoras de la oposición tenían mayor alcance, sumando entre todas ellas 463 kilovatios de potencia (68 por ciento); las radioemisoras oficialistas, por su parte, sumaban 222 kilovatios (32 por ciento).34 El 8 de noviembre de 1972, el senador comunista Luis Valente pidió que se insertaran en el Diario de Sesiones del Senado los resultados de un nuevo estudio realizado el 31 de octubre de 1972, el cual identificaba todas las radioemisoras del dial y distinguía entre tres tipos: las que “apoyan al Gobierno”, que sumaban 36 (27 por ciento) y tenían una potencia de 226 kilovatios (32 por ciento); las que “apoyan a la Oposición”, que sumaban 82 (61 por ciento) y tenían una potencia de 406 kilovatios (58 por ciento); y las “independientes”, que sumaban 16 (12 por ciento) y tenían una potencia de 68 kilovatios (10 por ciento).35 Estas estadísticas les permitieron a los partidarios del Gobierno seguir insistiendo, retóricamente, en su lucha contra los “grandes clanes” de la información, un discurso que había tomado fuerza y adquirido sustento empírico en un contexto muy distinto, cuando la izquierda aún estaba en la oposición y contaba con sólo un puñado medios de comunicación propios.

Además de las cerca de 70 estaciones que eran controladas por la izquierda chilena al momento del golpe, la Unidad Popular era capaz de ejercer presión e influencia en la radiofonía chilena de diversas maneras, que iban desde la adhesión voluntaria de ciertos trabajadores radiales hasta los mecanismos de control e intervención del Estado. Un artículo publicado en noviembre de 1971, que buscaba responder a la pregunta “¿Quiénes controlan la prensa en Chile?”, no se limitó a nombrar las principales radioemisoras de izquierda (Portales, Corporación y Magallanes) al evaluar el poder comunicacional de la Unidad Popular en la capital, sino que agregó: “La Unidad Popular tiene injerencia en Radio Chilena, a través de sus periodistas; en Radio La Verdad, de tendencia radical pro UP; Nuevo Mundo, en poder de sus trabajadores mediante cooperativa, pero dependientes del Gobierno por la publicidad que recibe”. El articulista, sin forzar en demasía su argumento, extendió la influencia de la Unidad Popular incluso a radioemisoras vinculadas a la DC, que pasaría de una oposición moderada a una oposición intransigente durante el transcurso del Gobierno de Allende: “Radio Cruz del Sur, de tendencia de DC, se encuentra tomada por sus trabajadores, que tienen una orientación pro Unidad Popular. La Santiago, en cambio, por su composición y personal gira de la DC a la izquierda”.36

La importancia de los trabajadores radiales no debe subestimarse. Si bien la línea editorial de las radios respondía, principalmente, a los intereses de sus dueños, los trabajadores radiales eran capaces de ejercer presión e influir en las transmisiones, especialmente en el caso de las radios comerciales, no vinculadas a un grupo o partido específico. La influencia de los equipos periodísticos en las radioemisoras chilenas no hizo sino aumentar en un contexto marcado por la politización de la sociedad y del periodismo en particular. En abril de 1971, de hecho, se llevó a cabo la Primera Asamblea Nacional de Periodistas de Izquierda, inaugurada por el mismo Allende, que dio el puntapié inicial a la discusión sobre cuál debía ser el rol de los periodistas de izquierda en la transición al socialismo.37 Las elecciones gremiales de los trabajadores radiales, ya fuera en el nivel de radioemisoras específicas o de oficios que incluían a empleados de diversas radios, tendían a desarrollarse bajo criterios políticos. Los resultados de las elecciones del Sindicato Profesional de Locutores de Chile –mayoritariamente de izquierda, aunque con representación de opositores– y del Sindicato de Radiocontroladores y Operadores de Santiago –controlado absolutamente por la izquierda– servían de barómetro de la lucha política en la esfera radial, y tenían consecuencias concretas importantes. El Sindicato de Radiocontroladores y Operadores de Santiago, por ejemplo, fue responsable de una huelga que mantuvo en silencio a las radios de oposición por varios días y que minó los cimientos económicos de muchas de ellas.38 La presión que podían ejercer los trabajadores era particularmente relevante en una industria como la radiofónica, en la cual “el 75% de las estructuras de costos de las emisoras está destinado a cancelar sueldos y salarios a los trabajadores radiales”.39

El Estado disponía a su vez de una serie de mecanismos que le permitían presionar a las radios de oposición y granjearse el apoyo de aquellas que eran independientes. Entre estos mecanismos, la distribución de la publicidad estatal tenía un rol importantísimo, por varias razones. En primer lugar, porque la publicidad constituía el único ingreso de las radioemisoras. A diferencia de los periódicos y las revistas, cuyo modelo de negocios combinaba publicidad, suscripciones y venta de ejemplares, las radioemisoras dependían íntegramente de la publicidad. La oposición, consciente de esta debilidad estructural del medio, presentó un proyecto de ley que buscaba asegurar el financiamiento de las radioemisoras a través de un impuesto específico, el cual fue aprobado por la Cámara de Diputados y el Senado, pero vetado por el Ejecutivo. En segundo lugar, la contratación de publicidad por parte del Estado pasó a jugar un rol importante porque durante este período disminuyó el avisaje propiamente comercial y aumentó el avisaje estatal, ya que muchas empresas que antes pertenecían a privados fueron expropiadas, pasando a formar parte de la llamada “área de propiedad social”. En tercer lugar, la contratación de publicidad fue uno de los mecanismos predilectos del Estado porque permitía tanto “castigar” como “premiar” a las radios, dependiendo de su conducta. Como denunciara el ya citado Hamilton en el Senado, “a emisoras independientes se les compra su apoyo u obsecuencia para el Gobierno mediante el avisaje de las empresas que éste controla”.40

Ahora bien, la publicidad no era el único medio del que disponía el Estado para ampliar su influencia en el dial chileno. La legislación vigente otorgaba amplias facultades al Ejecutivo. Éste poseía la prerrogativa de decidir si otorgaba o no concesiones radiales a quienes las solicitaban y podía, además, cancelar la concesión de las radioemisoras que infringían las normas y clausurar aquellas cuyas concesiones habían caducado. Estos métodos fueron utilizados instrumentalmente por el Gobierno de Allende, aunque, cabe señalar, no de manera demasiado exitosa. En los menos de tres años que duró el experimento revolucionario chileno, el Ejecutivo otorgó alrededor de una decena de concesiones radiales a sujetos y organizaciones de izquierda. Sin embargo, crear una radio desde cero era difícil, y la mayor parte de estas concesiones rindieron pocos frutos, ya sea porque las radios no lograron entrar en operaciones o porque no lograron granjearse una audiencia significativa. La concesión de una onda radial a la Central Única de Trabajadores –una decisión controvertida, dicho sea de paso, puesto que el mismo dial era pretendido por una radioemisora vinculada a la DC– es la única que parece haber tenido cierto éxito, pues llevó a la formación de la pequeña pero icónica Radio Recabarren, aunque es difícil saber si los beneficios superaron el precio político de la decisión.41 Los costos de cancelar una concesión o clausurar una radio que seguía en operaciones tras haber caducado la concesión original –lo que no era infrecuente– eran particularmente altos. Allende utilizó estos recursos de manera circunspecta, contra Radio Minería de Viña del Mar y Radio Agricultura de Los Ángeles, pero ambas medidas produjeron una fuerte reacción en la prensa y el Parlamento, y estas pequeñas radios de provincia se convirtieron en emblemas de la lucha de la oposición contra el cercenamiento de las libertades democráticas y el supuesto totalitarismo del Gobierno.42

Uno de los mecanismos más controvertidos de los que disponía el Ejecutivo era la dictación de órdenes que, bajo circunstancias de emergencia, obligaban a las radioemisoras a dejar de emitir su programación habitual y transmitir, en cadena, mensajes de las autoridades. Allende utilizó este recurso en más de una ocasión. De hecho, durante su presidencia tuvo lugar la cadena gubernamental obligatoria de mayor duración en la historia de Chile, al menos hasta entonces. Ésta comenzó la noche del 15 de octubre de 1972, en el contexto del llamado “paro de los camioneros” o “paro de los patrones”, que el Gobierno consideraba sedicioso, y se mantuvo hasta el 27 de octubre. Durante esos doce días, todas las estaciones de radio del país estuvieron forzadas a emitir las transmisiones de la OIR, que entremezclaban música folklórica con boletines noticiosos y discursos de las autoridades. Las radioemisoras de oposición que, a partir del 23 de octubre, tomaron la arriesgada decisión de “descolgarse” de la cadena obligatoria y emitir sus propios contenidos fueron rápidamente silenciadas –la más exitosa alcanzó a estar al aire sólo dos horas y media– y debidamente sancionadas. Las críticas de la opinión pública, incluidas las del Colegio de Periodistas y la Asociación de Radiodifusores de Chile, así como la sentencia del ministro en visita de la Corte de Apelaciones, Osvaldo Erbetta, quien declaró la cadena gubernamental inconstitucional, llevaron al Ejecutivo a poner término a la larga cadena el 27 de octubre y a ser más precavido en los meses siguientes. Aunque la opinión pública siguió discutiendo por un tiempo si el abrupto fin de la cadena gubernamental de octubre había obedecido “a la disposición de la justicia o a la voluntad presidencial”, lo cierto es que el Ejecutivo utilizó este recurso de manera más parsimoniosa a partir de entonces, privándose de un arma valiosa en una batalla comunicacional cada vez más intensa.43

De hecho, fue precisamente en este contexto de rechazo y fuertes críticas a la dictación de órdenes que forzaban a las radios a difundir la visión gubernamental, que empezó a tomar forma La Voz de la Patria, la cadena voluntaria de radioemisoras que se coordinaban para transmitir discursos presidenciales y noticias importantes, a la cual hicimos referencia al comenzar el artículo. Las radios santiaguinas Portales, Corporación y Magallanes –adquiridas por la izquierda, todas ellas, en el transcurso de 1971– jugaron un rol crucial en esta iniciativa, porque instalaron teléfonos a magneto, operados a manivela, que las conectaban directamente con el despacho presidencial en La Moneda y que permitían grabar mensajes o salir en directo al aire con una señal bastante nítida, y porque disponían de concesiones radiales y equipos de una potencia que les permitía cubrir buena parte del territorio nacional.44 El éxito de esta iniciativa hubiera sido limitado, sin embargo, si a las tres radios santiaguinas no se hubiesen sumado decenas de radioemisoras de provincia, adquiridas por personeros y partidos de la Unidad Popular en el marco de la batalla por la opinión pública, y que se “colgaban” a sus transmisiones cuando la Unidad Popular quería darle mayor difusión a un mensaje del presidente o había una noticia de particular importancia. Si bien Portales, Corporación y Magallanes pasaron a ser propiedad de personeros de la izquierda en 1971, un número sustantivo de las radios de provincia que adherían al Gobierno de Allende al momento del golpe de Estado habían sido adquiridas en el transcurso de 1972 y 1973, a medida que aumentaba el conflicto con la oposición. En la visión retrospectiva de uno de los funcionarios de la dictadura, “la Unidad Popular. . . quería tener una radioemisora por provincia”.45

Como se ha demostrado a lo largo de esta sección, el Gobierno de Allende y los partidos de la Unidad Popular eran conscientes de la importancia de la radiodifusión como medio de comunicación de masas y pusieron especial énfasis en el establecimiento de una red de alcance nacional. Si bien el Ejecutivo hizo pesar ocasionalmente su enorme poder fáctico, obligando, por ejemplo, a todas las estaciones del país a entrar en cadena forzosa en situaciones de emergencia, Allende y los dirigentes de la Unidad Popular prefirieron ejercer influencia en el dial a través de métodos más sutiles y menos controvertidos (adquisición de radioemisoras comerciales, otorgamiento de concesiones radiales a simpatizantes, distribución instrumental del avisaje estatal, etcétera), y fueron capaces de morigerar sus impulsos autoritarios y respetar las normas del juego democrático, cuyos límites, reconocidos por el mismo Allende al momento de asumir su mandato, fueron constantemente remarcados por la oposición.

La batalla por las conciencias: Entretener, educar, informar. . . y politizar

El principal desafío de las radioemisoras de izquierda radicaba en cumplir el objetivo político para el cual habían sido adquiridas sin por ello enajenar a la audiencia. “Para las emisoras de izquierda”, reconocía un periodista comunista, “el dilema es difícil. Por un lado, el interés por poner sus ondas al servicio de nuevas metas y valores. Por otro, la necesidad de mantener su carácter competitivo, para poder superar a sus rivales en las preferencias del auditor”.46 En un registro más académico, Rina Alcalay, investigadora de la Escuela de Artes de la Comunicación de la Universidad Católica y autora de uno de los primeros estudios rigurosos sobre la radio en Chile, consideraba que los periodistas y las radioemisoras comprometidas con los cambios debían experimentar con nuevos lenguajes, más acordes a un país en transición al socialismo, y que “la búsqueda de nuevos lenguajes debe estar orientada por el objetivo de crear formas que sean educativas y a la vez muy entretenidas, es decir, aspirar a lograr la síntesis de estos dos elementos fundamentales. No se trata de hacer programas ‘concientizadores’ y tan aburridos que nadie los escuche. Tampoco se trata de confundir lo entretenido con lo chabacano, vulgar o la simple imitación de formas existentes que, en nuestra opinión, son reaccionarios y propios de la radio comercial”.47

Como puede colegirse de las opiniones citadas, y como veremos más adelante, al analizar la programación de las principales radioemisoras adquiridas por personeros de la Unidad Popular en el marco de la batalla por la opinión pública (a saber, Portales, Corporación y Magallanes), los periodistas, locutores y empresarios radiales de izquierda estaban conscientes de la importancia de entretener al auditor, si bien tendían a abordar este tema desde una perspectiva instrumental, con el objetivo de atraer un mayor número de oyentes y ser capaces de competir con el resto de las radios comerciales. Gabriel Concha, locutor de Radio Corporación, argumentaba que la radio debía, entre otras cosas, “educar entreteniendo”.48 Héctor González, por su parte, argumentaba que el éxito de Radio Portales se debía a que ésta había seguido “la línea que dice que todo programa puede enseñar, informar o entretener simultáneamente”.49 Agustín Fernández, director de Radio Magallanes tras su traspaso a la izquierda, les decía a los lectores de una revista cultural que la suya sería “una radio entretenida, simpática, sencilla y espontánea”.50

Al mismo tiempo, existía una visión muy crítica del excesivo énfasis que las radioemisoras ponían en la entretención, argumentándose que muchas veces lindaba en el mal gusto y en la alienación: “radioteatros lacrimógenos, concursos chabacanos, humor de a peso veinte o historias vividas, invariablemente ligadas con las experiencias sexuales”, remataba un balance publicado en la revista comunista Plan; “radioteatros excesivamente melodramáticos, programaciones musicales fáciles y simplistas, escasez de espacios culturales”, se quejaba un periodista de Telecrán, revista editada por Quimantú, la editorial del Estado, adquirida durante el Gobierno de Allende.51 Esta visión, que se entroncaba con la matriz iluminista de la izquierda chilena, bien documentada por los académicos, veía con malos ojos el desarrollo histórico de la radiofonía, pues consideraba que, con el paso de los años, la entretención había pasado a convertirse en el leitmotiv de la radio, en detrimento de sus funciones informativa y educativa.52 En las palabras de uno de los periodistas de Plan, revista que publicó una serie de artículos muy críticos al respecto, la radio, “en vez de ser un vehículo de culturización masiva”, había terminado por transformarse en “un aparato de aturdimiento masivo”.53 Es interesante constatar que los periodistas de Plan no dudaban en hacer extensiva esta crítica a las radioemisoras adquiridas por sus camaradas: “El mal de la radio aqueja por igual a las de izquierda, derecha o centro. Está en cualquier lugar de la sintonía. Los más exigentes aducen que la vulgaridad radial es ya inaguantable”.54

Con base en las programaciones publicadas en El Guía de Radiomanía-TV y de las reseñas de programas específicos publicadas en revistas culturales y de actualidad, podemos hacernos una idea de cómo las radioemisoras de izquierda intentaron conjugar sus objetivos políticos con la necesidad de brindar entretenimiento y competir en el mercado radial chileno. En primer lugar, y como ya han apuntado otros estudiosos, es necesario señalar que estas radioemisoras no alteraron drásticamente su programación al ser adquiridas por la izquierda y mantuvieron una parrilla programática variada, compuesta, por regla general, de programas de naturaleza magazinesca, musical, cultural, deportiva y periodística.55 Ahora bien, lo que aún no ha sido comprendido es el esfuerzo que los encargados de estas radios pusieron en “politizar” programas y géneros radiales tradicionales, promoviendo a través de ellos valores más acordes a los nuevos tiempos. Esto puede apreciarse, por ejemplo, en los programas musicales y en los radioteatros o radionovelas, que serán analizados con mayor detalle abajo.

He decidido centrarme en los programas musicales y en los radioteatros por su importancia en la radiofonía chilena de la época. Según el estudio de la ya citada Alcalay, que recopiló y sistematizó información de 38 radioemisoras, varias de ellas de izquierda, todas las radios encuestadas incluían programas musicales. La mayoría de estas radioemisoras destinaba entre diez y 12 horas de su programación diaria a la transmisión de música. Los programas musicales eran, además, los predilectos del público. “El 52% de las radios santiaguinas y el 50% de las de provincia sostienen que su programa de mayor audiencia es uno musical”. Los radioteatros eran menos frecuentes –un 36 por ciento de las radios santiaguinas y un 54 por ciento de las de provincia transmitían radioteatros– pero esto se debía a su alto costo. De hecho, los radioteatros eran considerados uno de los géneros más populares por los mismos radiodifusores. En Santiago, el 30 por ciento de los directores de radio encuestados sostenía que su programa de mayor audiencia era un radioteatro, con un público superior al de los programas periodísticos y magazinescos.56

En lo que respecta a la música, las radioemisoras de izquierda dieron mayor cabida a la música de protesta y al folklore chileno, especialmente en la versión remozada y politizada que surgió en los años sesenta y que sería conocida bajo el nombre de Nueva Canción Chilena, pero no por ello dejaron de transmitir canciones y estilos musicales de gusto masivo, incluso aquellos considerados extranjerizantes y alienantes.57 Para entender el lugar de la Nueva Canción Chilena en la radiofonía chilena y en la política comunicacional de la Unidad Popular, vale la pena analizar la trayectoria de dos trabajadores radiales y figuras emblemáticas del movimiento, el locutor René Largo Farías y el disc-jockey Ricardo García.

Largo Farías era un hombre de izquierda, ligado al PC, “de militancia inconstante, pero firme”, que trabajaba en radio desde la década del cuarenta y que había jugado un rol protagónico en el surgimiento del Sindicato Profesional de Locutores de Chile en la del cincuenta. En 1963 había creado un programa radial destinado a la música folklórica chilena en Radio Minería, llamado Chile ríe y canta, como “una tribuna para el naciente nuevo canto chileno, como instrumento de lucha contra la idiotización colectiva que imponían los medios de comunicación”.58 El programa, que se transmitía los domingos por la mañana, alcanzó a estar al aire solamente durante dos años; tras su desaparición, sirvió de inspiración a la peña musical del mismo nombre.59

Durante el Gobierno de Allende, Largo Farías asumió la jefatura del Departamento de Radio de la OIR y desde allí intentó impulsar nuevamente el folklore y la Nueva Canción Chilena en particular. Además de difundir música folklórica en las transmisiones de la OIR, que poseía una radio FM de escasa potencia y bajísima sintonía, Largo Farías promovió y consiguió la promulgación de una circular de la Secretaría General de Gobierno que obligaba a todas las radioemisoras a transmitir un 15 por ciento de música folklórica chilena. Es difícil medir el impacto de dicha normativa en la radiofonía chilena, pero su efecto no debe sobredimensionarse. Ya en julio de 1971, unos meses después de su promulgación, Telecrán lamentaba: “La medida ha sido burlada por algunas emisoras”.60 En sus memorias, escritas durante su exilio en México, un desilusionado y autocrítico Largo Farías reconocía el escaso impacto de la iniciativa. “Ninguna radio cumplió. Ni las nuestras. Y nunca fuimos capaces de aplicar sanciones”.61 Sus palabras son una muestra de las dificultades que tuvo la Unidad Popular para alterar los criterios musicales que dominaban la radiodifusión chilena, incluso dentro de las radioemisoras comprometidas con el proyecto revolucionario del Gobierno. Si bien surgieron algunos programas que dieron mayor realce y difusión a la Nueva Canción Chilena, como Vox populi en Radio Recabarren o Imágenes folklóricas en la Radio de la Universidad Técnica del Estado (ambas radios de perfil cultural y de baja sintonía), la mayor parte de las radioemisoras comerciales adquiridas por personeros de izquierda continuaron dando preferencia a ritmos populares (baladas, tangos, rancheras, rock and roll, etcétera), en un intento por atraerse las simpatías del público masivo.

Ricardo García, por su parte, había empezado a trabajar en radio como libretista y locutor en los años cincuenta y había saltado a la fama en 1959, al heredar la conducción del célebre programa musical Discomanía, en Radio Minería, del cual siguió a cargo hasta 1968, período durante el cual se convirtió en un verdadero referente de la escena musical y, dicho sea de paso, de la juventud chilena.62 Si bien su trabajo lo llevó a vincularse tempranamente con algunos folkloristas, el García de Discomanía era un disc-jockey de perfil mediático que programaba música eminentemente comercial, de factura extranjera (baladas, rock, soul, etcétera). A medida que avanzaba la década de los sesenta, García empezó a interesarse cada vez más en los artistas chilenos que mezclaban sonidos folklóricos con líricas de protesta. Además de organizar y animar festivales que ayudaron a la promoción de la Nueva Canción Chilena, empezó a introducir alguna que otra canción de esta naturaleza en su nuevo programa radial, El show de Ricardo García, transmitido por Radio Cooperativa entre 1968 y 1971.63 Su incipiente radicalización política dificultó su trabajo en radio, haciéndolo recalar, a inicios de los años setenta, en las radioemisoras adquiridas por la izquierda. Como explicara en una entrevista a Telecrán, en junio de 1971: “En Cooperativa, la radio pretendió obligarme a leer estupideces que los directivos estiman como cosas entretenidas y que no son sino imbecilidades con las cuales se evita hablar en un lenguaje adulto. Ciertos directivos tienen miedo de dar al público ideas y promover discusión. Incluso (tengo la copia del contrato), la radio me impedía programar la música chilena de autores de izquierda”.64

No obstante estos dichos, el García de los años setenta no era tampoco un radioevangelista de la Nueva Canción Chilena ni de la música de protesta. Los programas radiales que animó durante el Gobierno de Allende, primero en Radio Portales y luego en Radio Corporación, donde reeditó, con más libertades, El show de Ricardo García, seguían emitiendo música de gustos masivos y de corte juvenil, intercalando alguna que otra canción folklórica. Un reportaje-entrevista publicado por La Nación, periódico controlado por el Gobierno, lo describía como “el primer antidiscjockey”, alejado “del modelo ‘manipulador de juventudes’ europeo o norteamericano”, y elogiaba su “permanente lucha con la peligrosa enajenación cultural que sociólogos y educadores persiguen como veneno”.65 Pero las expectativas del mismo García parecen haber sido más modestas. En otra entrevista, para la revista Mundo ‘72, tuvo que explicar varias veces por qué no era posible transmitir todo el folklore o la música de protesta que demandaban algunos auditores. “No podemos eliminar de las programaciones la música que al público le gusta. No se puede eliminar de una programación a Sandro, Tom Jones o Lucho Barrios, para reemplazarlos por canciones de contenido cultural o revolucionario”. Esta visión lo hacía discrepar de buena parte de los auditores y académicos de izquierda, que esperaban una transformación más radical. “Hay quienes quisieran –enfatizaba García– una radio y una TV donde sólo se escuchara música comprometida. Es una tontería. La revolución no se hace ahuyentando auditores”.66

Entre los programas de carácter cultural, el radioteatro era de particular importancia, porque, como reconocía una revista de izquierda, “obra de un modo irresistible sobre los auditores”.67 El género teatral había hecho su aparición en la radiofonía hacía varias décadas. En Chile, como en otras partes del mundo, el éxito de los radioteatros entre los auditores había ido de la mano con el rechazo de la crítica. Los detractores del género tendían a concentrarse en los radioteatros románticos, destinados al público femenino, que eran, como notara Alcalay, los más abundantes.68 Éstos eran los “radioteatros lacrimógenos” (Plan) y “excesivamente melodramáticos” (Telecrán) con los que la izquierda sintetizaba su desagrado por el estado de la radiofonía chilena a inicios de los años setenta, exculpando implícitamente a los radioteatros de carácter histórico o de suspenso, que eran escuchados por un público más transversal y que eran incluso elogiados ocasionalmente. El sesgo sexista de la crítica especializada, que han documentado y analizado estudiosos de otros países, es evidente en los comentarios de los periodistas chilenos con sensibilidades de izquierda.69 La revista Plan, por ejemplo, argumentaba que muchos radioteatros románticos no hacían otra cosa que “idiotizar a la mujer humilde (culturalmente virgen) a través de melodramas”.70Telecrán, por su parte, lamentaba la falta de innovación del género y la explotación del sentimentalismo. “No es que el amor y los sentimientos sean una expresión que esté de más en estos tiempos: es la forma un poco ramplona como estos llegan al público. La dueña de casa es la víctima más frecuente de estos verdaderos atentados. Aproximadamente desde las 9 de la mañana, con el pretexto de programas femeninos, empieza a escuchar llantos, conflictos o simplemente boberías”.71

Las radioemisoras de izquierda no estaban dispuestas a renunciar a un género tan popular, pero hicieron esfuerzos por elaborar libretos diferentes, que contribuyeran al proyecto político de la Unidad Popular. Radio Magallanes parece haber liderado esta cruzada. “A las mayorcitas, acostumbradas al radioteatro, están tratando de enseñarles el gusto de un programa con problemas de las poblaciones. Nada de situaciones irreales, solo la realidad diaria. La recolección de datos está en manos de los instructores de la Universidad de Chile”.72 Para los directores de las estaciones de izquierda, el problema radicaba no sólo en que el género se caracterizaba por usar y abusar de “los recursos de erotismo, inclinación a lo morboso-criminal o a la compasión”, sino que el éxito de los radioteatros dependía en gran parte de ello.73 En lo que se refiere al erotismo, la crítica de la opinión pública –la izquierda incluida– parece haberse agudizado a fines de los años sesenta, con el surgimiento de un radioteatro sumamente popular en Radio Portales llamado Los ofensores, que hacía uso de este recurso.74 Al pasar esta radioemisora a manos de personeros de la Unidad Popular, el programa fue modificado, cambiando incluso de nombre, aunque es difícil hacerse una idea exacta del grado de transformación de sus libretos, que no se conservan. “El problema original ha experimentado un vuelco en Radio Portales, donde se transmite ahora –con algunos cambios– bajo el título de ‘Los testigos’, pero hay otros programas matinales [en otras estaciones de radio] dedicados a la mujer que también incluyen gemidos y todas las confidencias relacionadas con escenas más o menos íntimas”.75

La tensión entre cambio y continuidad es particularmente visible en el caso de Radio Corporación. Unos meses antes de pasar a manos del PS, los dueños de la radioemisora habían adquirido los derechos para la puesta en escena y transmisión de Simplemente María, un serial romántico escrito por la dramaturga argentina Celia Alcántara, cuyos cautivadores libretos habían logrado venderse no sólo en Chile, sino en Argentina, Perú, México, Venezuela y Colombia, logrando éxito tanto en el medio radial como en el televisivo. Debe haberse tratado de una inversión sustantiva, pues los episodios de Corporación, radioteatralizados por actores chilenos, eran a su vez retransmitidos por una veintena de radioemisoras chilenas. Los socialistas no estaban dispuestos a prescindir de tal inversión, dada la popularidad del programa, que se transmitía de lunes a sábado, de las 10:00 a las 11:00 horas. Como señaló Telecrán al informar del traspaso de la radio al PS: “Respecto al radioteatro, y en especial ‘Simplemente María’, no va a suprimirse aún, pero los futuros radioteatros serán con fines educativos y con enraizamientos históricos de Chile y de América”.76 La misma revista aclaraba, un tiempo después, que los encargados de la radio les habían dicho “que ‘Simplemente María’ era una especie de herencia del tiempo cuando Corporación no había pasado todavía a los trabajadores y como eran aproximadamente 150 episodios los que heredaron no podían deshacerse de tanto material”.77 Cuando se les acabaron los episodios de Simplemente María, los directores creativos de Corporación ensayaron nuevas fórmulas dentro del mismo registro. La revista Plan, de los comunistas, valoró la iniciativa de los socialistas: “La versión radial de ‘María’ [sic]. . . deja paso, en Radio Corporación, a episodios testimoniales que intentan radioteatralizar las verdaderas inquietudes populares”.78

No hay duda de que las radios de izquierda se esforzaron por difundir su mensaje entre las mujeres chilenas. Este esfuerzo aumentó en la medida en que las mujeres salieron a la calle a protestar contra el Gobierno. A mediados de 1973, por ejemplo, Radio Magallanes empezó a anunciar su programación matinal en la prensa bajo el siguiente eslogan, “Magallanes pone ritmo al mundo de la mujer”, utilizando un lenguaje dirigido especialmente a la dueña de casa.79 Ahora bien, la izquierda llegó tarde a la batalla –radios de oposición le brindaron tempranamente espacio a las mujeres– y lo hizo cargando un bagaje inadecuado, de matriz iluminista, que le impedía ver los elementos potencialmente revolucionarios de géneros como el radioteatro.80 Una historia como Simplemente María, que serializaba los avatares de una mujer pobre y analfabeta que llegaba del campo a la ciudad a forjarse un destino mejor, y que en el camino sufría penurias económicas y desventuras amorosas –siendo abandonada, por ejemplo, por un joven aristócrata, que la sedujo y la embarazó– era considerada una herencia de tiempos pasados, políticamente alienantes. En vez de utilizar estratégicamente los recursos propios de un género que cautivaba a millares de auditoras por apelar a la fantasía y a los sentimientos, y que comúnmente exploraba las tensiones de clase, recursos que pudieron haber sido canalizados para proponer e imaginar un mundo distinto, los encargados de las radios de izquierda decidieron alejarse de la fantasía y del sentimentalismo, privilegiando radioteatros de naturaleza histórica y de talante pedagógico. En su política comunicacional como en tantas otras, los dirigentes de la Unidad Popular se mostraron poco receptivos a los intereses y clamores de las mujeres chilenas, que tan bien supieron explotar la Democracia Cristiana y la derecha.81

Si algo caracteriza a las transmisiones de las radioemisoras durante la Unidad Popular, sin embargo, no es la politización de la programación musical o de los radioteatros, sino el rol protagónico de los programas de información noticiosa y de contingencia política, en un contexto de polarización y conflicto. Radios como Corporación y Magallanes eran, ya antes de ser adquiridas por el PS y el PC, respectivamente, bastante dadas a lo noticioso, un rasgo que no hizo sino acentuarse durante los años bajo estudio. Poco después de ser adquirida por el PS, por ejemplo, Radio Corporación empezó a promocionar su programación con eslóganes del tipo “Corporación, siempre la primera en la información” y “Corporación, primera siempre en la noticia”, destacando la frecuencia de sus programas informativos.82 Un tiempo después, con el objetivo de potenciar aún más su área periodística, la radioemisora socialista modificó su parrilla y estrenó “Reportero 114”, bloque que se transmitía cuatro veces al día y que tenía “todos los ingredientes de un noticiario: crónica, reportaje, despachos de corresponsales y comentarios incluidos”.83 Radio Magallanes, por su parte, transmitía 16 “informativos” diarios, de diversa duración, además de varios otros programas y comentarios de actualidad, algunos de ellos, como “Operación Verdad”, de nombre elocuente. El hecho de incluir 16 informativos a lo largo del día, la mayor parte de ellos de corta duración, permitía intercalar información noticiosa, de contenido eminentemente político, entre programas de naturaleza musical, cultural o deportiva.84

La politización de los programas de carácter noticioso fue particularmente notoria en Radio Portales, radio inmensamente popular antes de ser adquirida por los testaferros de Allende, que se caracterizaba por dar preferencia a la programación musical en la mañana y por su largo programa magazinesco en la tarde, pero que incluía además tres informativos modulares a lo largo del día. Uno de los fundadores de la radio, Raúl Tarud, quien continuó al mando de la gerencia después de la incorporación de Allende, al menos por un tiempo, lamenta en sus memorias: “La cobertura noticiosa al servicio de todos los sectores fue reemplazada por enfoques sectarios”.85 La sección cultural de la revista socialista Chile Hoy, en cambio, comentó elogiosamente la mayor parte de los programas informativos de Radio Portales: “bien informado, en apretada síntesis y con juicios claros” (De pe a pa); “comentarios sobrios y documentados de Juan Gana sobre aspectos de la realidad chilena” (Radiovisión política); “locutores grandilocuentes condimentan correcto enfoque político de las informaciones” (Revista de la tarde); “bajo la eficaz dirección de Leonardo Cáceres, un equipo de periodistas entrega una completa visión de lo acontecido durante el día” (Revista de la noche); “otro acierto del equipo que encabeza Leonardo Cáceres” (Revista noticiosa del domingo).86

Además de los programas de actualidad noticiosa de cada radioemisora, la izquierda difundió su mensaje a través de comentarios grabados de sus dirigentes, que eran trasmitidos por varias estaciones. Esta técnica propagandística no era nueva, pero parece haberse tornado muy popular en el Chile de aquellos años, al calor de la lucha política. La adquisición de radioemisoras facilitó la difusión de los comentarios radiales de los dirigentes de izquierda, aun cuando los partidos de dicho sector no abandonaron la práctica de contratar espacios en radioemisoras independientes para llegar a un mayor número de oyentes. Sirvan de ejemplo Cinco minutos con Jorge Insunza y Altamirano contesta, anunciados en los periódicos de izquierda en el transcurso de 1973. En ambos casos, se trataba de comentarios breves, de cinco minutos. Mientras que los comentarios del senador socialista Carlos Altamirano eran transmitidos los martes, los jueves y los sábados por seis radioemisoras santiaguinas, los del diputado comunista Jorge Insunza eran transmitidos de lunes a sábado, tres veces al día, por siete radioemisoras de la capital. Mayor alcance –al menos en lo que respecta a la geografía– tenían los comentarios del senador e intelectual comunista Volodia Teitelboim, cuyo miniprograma Volodia comenta se transmitía de lunes a sábado, en dos horarios, en una veintena de radioemisoras a lo largo del país, la mayor parte de ellas propiedad del PC. Cabe notar que este programa sería reeditado y transmitido por onda corta desde Moscú durante la dictadura pinochetista.87

No obstante lo hasta aquí dicho, el aspecto más novedoso de las radioemisoras de izquierda no radicaba tanto en su obsesión con la política en sí, como en su interés por trascender la política palaciega y abordar los aspectos sociales de la revolución en curso, utilizando las particularidades del medio radial para establecer un diálogo más horizontal y dinámico con la población.88 Un ejemplo de ello nos lo da Radio Corporación, que empezó a emitir importantes programas con participación del público, como era el caso de Buenos días Chile y Corporación está con usted, que hacían uso del salón-auditorio localizado en los estudios de la radio, en el segundo piso de Morandé 25, con capacidad para más de doscientas personas. “La gente que asistía, mayoritariamente dirigentes poblacionales, de organizaciones de trabajadores, de comandos industriales, llegaba al programa planteando algún problema o contando sus experiencias”, recuerda Miguel Ángel San Martín, jefe de prensa, y añade: “entonces, comenzamos a invitar a dirigentes políticos, a personeros de Gobierno, a ministros, y se transformó en un diálogo diario de gran valor, muy movilizador, entre el Gobierno y las fuerzas vivas de los ciudadanos”.89 El locutor Sergio Campos, quien dio los primeros pasos de su carrera en Radio Corporación y terminaría haciéndose famoso en los años ochenta, en una de las pocas radioemisoras que se oponían a la dictadura de Pinochet, es de la misma opinión: “En la mañana se transmitía el programa ‘Buenos días Chile’, con la participación de pobladores y juntas de vecinos que planteaban sus problemas y conflictos. Se invitaba también a los ministros de Estado, quienes respondían esas inquietudes. Este espacio fue muy potente y dejó una impronta”.90

Los logros y limitaciones de este proyecto de transformación y democratización radial, que buscaba trascender la política palaciega y hacer de los sectores populares partícipes activos de la discusión nacional, pueden apreciarse en La gran encuesta de Radio Portales, un foro político transmitido los domingos, que durante años había sido “el espacio estelar de la emisora”, gracias a la participación de autoridades y otros personajes públicos.91 Durante el Gobierno de Allende, La gran encuesta hizo un esfuerzo consciente –pero, en última instancia, infructuoso– por ir más allá de los políticos de renombre e incluir las voces de los trabajadores. En diciembre de 1972, la sección cultural de la revista Chile Hoy le otorgó una calificación alta al programa (cuatro de cinco estrellas) y lo describió en los siguientes términos: “El proceso chileno visto por sus protagonistas. Tribuna para trabajadores que polemizan espontáneamente sobre problemas del país en general y suyos en particular”.92 Ahora bien, la iniciativa no parece haber perdurado en el tiempo. En abril de 1973, Fernando Barraza constataba que “La Gran Encuesta de Radio Portales intenta a veces reemplazar el archiconocido foro de personajes por la opinión anónima de trabajadores”.93 Un par de meses después, Eduardo Labarca lamentaba el retorno al viejo formato: “En La Gran Encuesta de Radio Portales se hizo un esfuerzo. Se buscaron otros temas, otros personajes. Pero la dirección de la radio presionó para que se volviera a entrevistar ministros y ahora es la misma lata de siempre”.94

Como se ha demostrado a lo largo de esta sección, la política comunicacional de la Unidad Popular en materia de radiodifusión buscó conjugar entretenimiento masivo con política contingente, en un intento por concientizar al auditor promedio sin dejar de ser atrayentes y competitivos. Pese a las críticas y demandas de algunos oyentes e intelectuales que deseaban una transformación más radical, los encargados de las radioemisoras de izquierda no estuvieron dispuestos a renunciar a géneros considerados populares, como lo era el radioteatro, o a dejar de transmitir música de gusto masivo. El énfasis estuvo puesto en politizar estos géneros y programas, intercalando, por ejemplo, canciones de protesta y de rock and roll, o elaborando libretos teatrales con contenido social, ampliando, de paso, el discurso público políticamente relevante. Algo similar ocurrió con los programas de carácter informativo y con aquellos con participación de público, en los cuales se intentó dar mayor cabida a las voces de trabajadores, pobladores y dirigentes sociales. Si estos esfuerzos fueron o no exitosos, es difícil saberlo con certeza. Que la iniciativa de democratizar el espacio estelar de Radio Portales –la estación de mayor audiencia de la capital– haya sido abandonada después de unos meses, nos habla de la fuerza de la costumbre en la esfera radial y de los temores y prioridades de la coalición gobernante.

Conclusión

Este artículo ha buscado traer a la luz el rol de la radiodifusión en la malograda vía chilena al socialismo, revelando información desconocida sobre el alcance de las radios adictas a la Unidad Popular y sobre sus esfuerzos por conjugar política y entretenimiento en pos de los objetivos de la revolución en curso.

En esta conclusión contextualizaré mis hallazgos en el marco más amplio de los estudios sobre la radiodifusión y la revolución en América Latina. Desde la Revolución mexicana en adelante, diversos proyectos políticos de carácter disruptivo (incluidos tanto proyectos revolucionarios como proyectos populistas) pusieron atención y destinaron ingentes esfuerzos a ejercer influencia en los medios de comunicación. El control de la radiodifusión se convirtió en una herramienta importante del arsenal político de aquellos regímenes revolucionarios que lograron estabilidad y permanencia en el tiempo, ya fuera a través del control estatal directo del medio (como en el caso de la Cuba castrista) o de un acuerdo tácito entre el Estado y las radios comerciales en defensa de dicho régimen (como en el caso del México priísta). No debe sorprendernos que los proyectos revolucionarios que mostraron mayor tolerancia –o timidez– en el ámbito de las comunicaciones y aceptaron la existencia de estaciones de radio opositoras se caracterizaron por tener una duración más breve, como ocurrió con la Nicaragua sandinista o el Chile allendista. Si bien el control del medio radial no garantizaba la sobrevivencia de un gobierno de carácter revolucionario o populista, como lo demuestra la Argentina peronista, es importante subrayar que el control de dicho medio facilitó la creación de grados significativos de consenso y, en última instancia, la transformación de proyectos contrahegemónicos en regímenes hegemónicos.

Dentro del contexto de los proyectos revolucionarios que apuntaron o apuntan al socialismo en América Latina, lo que más parece diferenciar el proyecto de la Unidad Popular de otros similares no es tanto el grado de control ejercido sobre la radiósfera o la disposición a utilizar mecanismos legales para aumentar su influencia en ella, sino el rol protagónico de los partidos políticos en el caso chileno. Mientras que los proyectos socialistas de la región han tendido a privilegiar la iniciativa estatal (el caso cubano siendo paradigmático al respecto) o a combinarla con iniciativas populares (un modelo ensayado primero por el sandinismo y defendido actualmente por los llamados “socialismos del siglo XXI”) en el ámbito de las comunicaciones, la compra y administración de las radioemisoras en Chile recayó, principalmente, en los partidos. El PC y el PS estuvieron a la vanguardia de esta transformación, estableciendo los parámetros dentro de los cuales se desarrolló la política comunicacional de la Unidad Popular. A algunos lectores les sorprenderá saber del rol de Allende en la adquisición de Radio Portales y de otras radioemisoras, pero cabe señalar que socialistas y comunistas influyeron y terminaron enfrentándose por la línea editorial de Radio Portales, complicando al mismo Allende, y que por lo general éste se asoció con los partidos que defendían su Gobierno para realizar estas adquisiciones. La influencia del partidismo en el caso chileno es tan notoria que incluso Radio Recabarren, propiedad de la Central Única de Trabajadores, fue controlada por uno de los partidos de la Unidad Popular y administrada de manera sectaria, en desmedro del resto de los miembros de la coalición y de los trabajadores en tanto clase. Esta peculiar característica del proceso revolucionario chileno no sólo terminó diluyendo la idea de estatizar las radioemisoras, sino también desincentivando la creación y administración de estaciones de radio autónomas por parte de los periodistas y trabajadores que se solidarizaban con el Gobierno, quienes tal vez hubiesen mostrado mayor propensión a experimentar o prestado mayor atención a los anhelos de las masas. Las élites letradas de la izquierda, que habían logrado hacerse del Gobierno a través de elecciones y estaban empeñadas en hacer transitar a Chile hacia el socialismo por la vía legal, no querían desprenderse de las llaves de la ciudad.

Este artículo fue escrito dentro del marco del Proyecto Postdoctorado Fondecyt n.° 3190080: “Prensa de izquierda y gestión empresarial en Chile”. No me habría sido posible hacerlo sin la ayuda de Pablo Piccato, Eric Zolov, Maite de Cea, Verónica Valdivia, Diego Vilches, Giancarlo Visconti, Carla Rivera y Álvaro Concha, a quienes agradezco su colaboración. Extiendo dicho agradecimiento a los dos revisores anónimos, cuyos comentarios me ayudaron a mejorar el manuscrito.

Notes

1.

El último discurso de Allende está disponible en: “El último discurso de Salvador Allende”, vídeo de YouTube, 6:20, publicado por “Cristian Vázquez”, https://www.youtube.com/watch?v=g1QJ-y_xUmk. Sobre la grabación y el envío del discurso al extranjero, véase Ravest Santis, Pretérito imperfecto, 131-47; y Cáceres, “Último discurso”, 27-32.

2.

Véase, por ejemplo, “El problema de subsistir”, Ercilla (Santiago), 15 mzo. 1972, pp. 16-17; Alcalay, “En torno al medio radial”, 84; Mac Hale, Frente de la libertad, 133.

3.

Munizaga y de la Maza, “Espacio radial no oficialista”, 35-44; Mattelart, “Estructura del poder informativo”, 37-39, 49-50.

4.

Esta delimitación del objeto de estudio significa que no se le prestará la debida atención a las transmisiones en onda corta, que permitían que la señal alcanzara puntos lejanos del planeta; a las estaciones de frecuencia modulada (FM), radioemisoras de nicho que se dedicaban casi exclusivamente a transmitir música; ni a las estaciones de radio “comunitarias” o “clandestinas”, términos con los cuales se agrupa a un número indeterminado de radios de tecnología precaria y de naturaleza no comercial.

5.

El número de estaciones de AM en onda media varió a lo largo del período de tiempo estudiado. El otorgamiento de nuevas concesiones radiales a sujetos ligados a la izquierda –cuyas radios no siempre empezaron a operar inmediatamente– y el funcionamiento ininterrumpido de radios cuyas concesiones habían expirado hacía tiempo, hacen particularmente difícil dar una cifra exacta de la cantidad de radios que estaban en operación en un momento específico.

6.

Entre las contribuciones al debate sobre el proyecto chileno, cabe destacar los siguientes títulos: Fermandois, Revolución inconclusa; Garretón y Moulian, Unidad Popular; Gaudichaud, Poder Popular; Harmer, Allende's Chile; Power, Right-Wing Women; Valenzuela, Breakdown of Democratic Regimes; Winn, Weavers of Revolution. Para la cuestión de la Guerra Fría, véase, por ejemplo, Brands, Latin America's Cold War; Grandin, Last Colonial Massacre; Grandin y Joseph, Century of Revolution; Harmer, Allende's Chile; Joseph y Spenser, In from the Cold.

7.

Véase, por ejemplo, Bowen Silva, “Proyecto sociocultural”; Faure, “¿Contribuyeron los medios?”; Lozoya López, “Debates y tensiones”; Rivera Aravena, “Diálogos y reflexiones”; Trumper, Ephemeral Histories.

8.

Véase, por ejemplo, Albuquerque F., Trinchera letrada; Franco, Decline and Fall; Gilman, Entre la pluma y el fusil; Iber, Neither Peace nor Freedom; Pedemonte, “‘Diplomacia cultural’ soviética”.

9.

“Luis Corvalán: No hay solución posible a espaldas de las masas”, El Siglo (Santiago), 27 my. 1972, p. 4. Para un interesante estudio que analiza los años de la Unidad Popular a través del prisma de la esfera pública, en un registro similar al de este trabajo, véase Trumper, Ephemeral Histories.

10.

El estudio de las comunicaciones en Chile ha tendido a concentrarse en la prensa escrita y, en menor medida, en la televisión. Destacan, sin embargo, los siguientes trabajos sobre la radio: Bresnahan, “Radio and the Democratic Movement”; Bresnahan, “Community Radio and Social Activism”; Lasagni, Edwards y Boneffoy, “Radio en Chile”; Munizaga y de la Maza, “Espacio radial no oficialista”; Rivera Aravena, “Verdad está en los hechos”; Paredes Quintana, “Explorando los primeros tiempos”. La producción histórica sobre la radio en Chile está rezagada en comparación con otros países de la región, para los cuales contamos con un creciente número de estimulantes estudios. Véase, por ejemplo, Bronfman, Isles of Noise; Castro, Radio in Revolution; Claxton, From Parsifal to Perón; Ehrick, Radio and the Gendered Soundscape; Hayes, Radio Nation; Karush, Culture of Class; McCann, Hello, Hello Brazil; McEnaney, Acoustic Properties.

11.

Hilmes, Radio Voices. Sobre la preponderancia de esta narrativa en los estudios de la radio en América Latina, véase, por ejemplo, Castro, Radio in Revolution; Hayes, Radio Nation; McCann, Hello, Hello Brazil. Para algunos trabajos que, desde diversas perspectivas, han puesto en entredicho esta narrativa, véase Bronfman, Isles of Noise; Karush, Culture of Class; McEnaney, Acoustic Properties.

12.

Riquelme, “Debate ideológico”.

13.

“Ley del embudo en onda larga”, Ercilla (Santiago), 5 sept. 1973, pp. 26-27.

14.

“Modificación de sociedad: Corporación de Radio y Televisión Limitada”, en Archivo Judicial de Santiago, Notario Eduardo González Abott, 9 jun. 1971, foja 301; “Radio Corporación: Del Mercurio al socialismo”, Telecrán (Santiago), 2 jul. 1971, p. 47.

15.

Tarud Siwady, Historia de una vida, 199.

16.

Carta de Jorge Caballero a Julio Tapia, 14 nov. 1973, en Archivo Nacional de la Administración (en adelante ARNAD), fondo Ministerio del Interior (en adelante MINT), vol. 17619, antecedentes adjuntados al Decreto Exento #126 de 1974; “Relación de accionistas al 31 de diciembre de 1971”, en Comisión para el Mercado Financiero, fondo Radioemisoras Unidas S. A.

17.

Corvalán, De lo vivido, 333.

18.

Farías, Documentos secretos, 59-63, 65-68, 95-114, 163-64.

19.

Uliánova y Fediakova, “Algunos aspectos”.

20.

“Declaración extrajudicial prestada por Luis Humberto Sorrel Rojas y relacionada con la venta de la radiodifusora Nacional de su propiedad”, 6 mzo. 1974, en ARNAD, MINT, vol. 17586, antecedentes adjuntados al Decreto #1242 de 1974; “Dólares miristas”, Qué Pasa (Santiago), 6 sept. 1973, p. 23.

21.

Véase, por ejemplo, “Totalitarismo en los medios de difusión”, El Mercurio (Santiago), 23 sept. 1971, p. 3; “160 años de prensa libre”, El Mercurio (Santiago), 13 febr. 1972, p. 1; Diario de Sesiones del Senado (Santiago), Sesión 3a, 6 oct. 1972, pp. 339-44.

22.

Riquelme, “Debate ideológico”, 69, 72.

23.

“Arremetida del PC sobre radioemisoras libres”, La Segunda (Santiago), 27 dic. 1971, p. 20; “PC dirige operación para controlar la prensa”, El Mercurio (Santiago), 22 sept. 1971, p. 12.

24.

Diario de Sesiones de la Cámara de Diputados (Santiago), Sesión 39a, 29 ag. 1972, p. 2462.

25.

Sobre el temor al comunismo en Chile, véase Casals Araya, Creación de la amenaza roja.

26.

Catalán, Propaganda; Mattelart, “Estructura del poder informativo”, 43-48.

27.

“Los grandes clanes de la información”, La Prensa de Santiago (Santiago), 17 jun. 1971, p. 12.

28.

Mac Hale, Frente de la libertad, 136-39; Mac Hale, Libertad de expresión, 26; Ruiz-Esquide Jara, Socialismo traicionado, 151-52.

29.

Véase, al respecto, “El oficialismo ahoga a medios de comunicación libres de Concepción”, La Prensa de Santiago (Santiago), 14 en. 1973, p. 6; “Corvalán aclara insidia lanzada por diputado DC”, El Siglo (Santiago), 19 en. 1973, p. 3; “PC adquirió radio S. Bolívar con procedimientos dudosos”, La Prensa de Santiago (Santiago), 25 en. 1973, p. 6.

30.

Diario de Sesiones del Senado (Santiago), Sesión 43a, 28 dic. 1971, p. 2093. Véase, además, Diario de Sesiones del Senado (Santiago), Sesión 30a, 19 nov. 1971, p. 1128; “¿Quién controla el cuarto poder?”, Ercilla (Santiago), 29 sept. 1971, pp. 8-11.

31.

“¿Quién controla el cuarto poder?”, Ercilla (Santiago), 29 sept. 1971, pp. 8-11.

32.

“Desigual enfrentamiento en la radio”, Chile Hoy (Santiago), 13 oct. 1972, pp. 16-17.

33.

El rol de la OIR será examinado en las páginas siguientes y a lo largo de este artículo. Sobre Benedicto, véase Tarud Siwady, Historia de una vida, 200-201, 204; “Tensión a través del dial”, Ercilla (Santiago), 6 sept. 1972, pp. 42-43; “Más sobre Benedicto”, El País (Madrid), 13 en. 1990.

34.

Diario de Sesiones de la Cámara de Diputados (Santiago), Sesión 38a, 6 en. 1972, pp. 2800-801; Diario de Sesiones del Senado (Santiago), Sesión 12a, 5 jul. 1972, p. 828.

35.

Diario de Sesiones del Senado (Santiago), Sesión 33a, 8 nov. 1972, pp. 1261-68.

36.

“¿Quiénes controlan la prensa en Chile?”, Mundo ’71 (Santiago), nov. 1971, pp. 20-21.

37.

Sobre esta asamblea y la politización de los periodistas, véase Faure, “¿Contribuyeron los medios?”; Rivera Aravena, “Diálogos y reflexiones”, 356-61.

38.

Sobre la huelga, véase Mac Hale, Frente de la libertad, 149; “Arremetida del PC sobre radioemisoras libres”, La Segunda (Santiago), 27 dic. 1971, p. 20.

39.

“El problema de subsistir”, Ercilla (Santiago), 15 mzo. 1972, pp. 16-17.

40.

Diario de Sesiones del Senado (Santiago), Sesión 27a, 31 oct. 1972, p. 994.

41.

Sobre la disputa en torno al dial de la Central Única de Trabajadores, véase “El canal de la Balmaceda”, Ercilla (Santiago), 28 abr. 1971, pp. 10-11; Mac Hale, Frente de la libertad, 142-46; Diario de Sesiones del Senado (Santiago), Sesión 54a, 21 en. 1972, pp. 2856-59.

42.

Sobre esto último, véase “Radio Minería en el aire del gobierno”, Qué Pasa (Santiago), 24 ag. 1972, p. 37; “Tensión a través del dial”, Ercilla (Santiago), 6 sept. 1972, pp. 42-43; Diario de Sesiones del Senado, Sesión 54a, 22 ag. 1972, pp. 2905-11; Diario de Sesiones del Senado, Sesión 23a, 24 oct. 1972, pp. 803-35.

43.

“Cadenas en onda corta y en onda larga”, Ercilla (Santiago), 1 nov. 1972, p. 15.

44.

Sobre estos teléfonos y el sistema de comunicación, véase Cáceres, “Último discurso”, 29; Ravest Santis, Pretérito imperfecto, 136; San Martín, “11 en la Radio Corporación”, 43; Schnake, Socialista con historia, 216.

45.

Informe del Intendente de la Provincia de Curicó, 8 ag. 1975, en ARNAD, MINT, vol. 17748, antecedentes adjuntados al Decreto #1498 de 1975.

46.

“¿Quién le pone el cascabel al micrófono?”, Plan (Santiago), 26 abr. 1973, p. 7.

47.

Alcalay, “En torno al medio radial”, 87.

48.

“Gabriel Concha, un caso digno de analizar”, El Guía de Radiomanía-TV (Santiago), nov. 1971, p. 32.

49.

“Portales año 71”, Telecrán (Santiago), 18 jun. 1971, p. 47.

50.

“En lo gremial un avance a toda máquina”, El Guía de Radiomanía-TV (Santiago), en.-febr. 1972, pp. 68-69.

51.

“¿Quién le pone el cascabel al micrófono?”, Plan (Santiago), 26 abr. 1973, p. 7; “¿Qué sucede con la radio?”, Telecrán (Santiago), 20 ag. 1971, pp. 4-8.

52.

Sobre la matriz iluminista de la izquierda, véase Devés, “Cultura obrera ilustrada”; Sunkel, Razón y pasión; Bowen Silva, “Proyecto sociocultural”.

53.

“Un infierno de bolsillo”, Plan (Santiago), 19 abr. 1973, p. 16.

54.

“Sólo para sordos muy sordos”, Plan (Santiago), 12 abr. 1973, p. 6. Véase, además, “La radio, mariguana del pueblo”, Plan (Santiago), 28 abr. 1972, p. 14; “¿Quién le pone el cascabel al micrófono?”, Plan (Santiago), 26 abr. 1973, p. 7.

55.

Véase, por ejemplo, Lasagni, Edwards y Boneffoy, “Radio en Chile”, 35-36.

56.

Alcalay, “Medio radial”, 26-27.

57.

Sobre la Nueva Canción Chilena, véase Salas Zúñiga, Primavera terrestre, 55-98; González, Ohlsen y Rolle, Historia social, 255-67, 337-434.

58.

Largo Farías, Fue hermoso vivir contigo, 16-17.

59.

Sobre la peña de Largo Farías y otras similares, véase Bravo Chiappe y González Farfán, Ecos del tiempo subterráneo, 28-35; González, Ohlsen y Rolle, Historia social, 228-37, 320-22.

60.

“René Largo Farías: Veinte años de radio”, Telecrán (Santiago), 16 jul. 1971, p. 47.

61.

Largo Farías, Fue hermoso vivir contigo, 24.

62.

Sobre Ricardo García, véase Osorio, Ricardo García. Sobre Discomanía, véase González, Ohlsen y Rolle, Historia social, 135-37.

63.

Para hacerse una idea de este programa, véase “Radio-crítica”, Ecrán (Santiago), 27 my. 1969, p. 10.

64.

“Las cuatro verdades de Ricardo García”, Telecrán (Santiago), 4 jun. 1971, p. 13.

65.

Citado en Osorio, Ricardo García, 41.

66.

Citado en Osorio, 35-39.

67.

“¿Qué sucede con la radio?”, Telecrán (Santiago), 20 ag. 1971, pp. 4-8.

68.

Alcalay, “Medio radial”, 27.

69.

Al respecto, véase Allen, Speaking of Soap Operas; Hilmes, Radio Voices, 130-82; Loviglio, Radio's Intimate Public, 70-101.

70.

“Un infierno de bolsillo”, Plan (Santiago), 19 abr. 1973, p. 16.

71.

“¿Qué sucede con la radio?”, Telecrán (Santiago), 20 ag. 1971, pp. 4-8.

72.

“Magallanes se adelantó a los tiempos”, Telecrán (Santiago), 11 jun. 1971, p. 47.

73.

“¿Qué sucede con la radio?”, Telecrán (Santiago), 20 ag. 1971, pp. 4-8.

74.

Véase, por ejemplo, “Radiocosas”, Ecrán (Santiago), 3 jun. 1969, p. 6.

75.

“¿Qué sucede con la radio?”, Telecrán (Santiago), 20 ag. 1971, pp. 4-8.

76.

“Radio Corporación: Del Mercurio al socialismo”, Telecrán (Santiago), 2 jul. 1971, p. 47.

77.

“¿Qué sucede con la radio?”, Telecrán (Santiago), 20 ag. 1971, pp. 4-8.

78.

“¿Quién le pone el cascabel al micrófono?”, Plan (Santiago), 26 abr. 1973, p. 7.

79.

Véase, por ejemplo, el anuncio publicado en El Siglo (Santiago), 15 ag. 1973, p. 10.

80.

Sobre esto último, véase el argumento de Karush, Culture of Class, 85-132, 177-214.

81.

Power, Right-Wing Women; Pieper Mooney, Politics of Motherhood, 102-33.

82.

Véase la programación de Radio Corporación en El Guía de Radiomanía-TV (Santiago), sept. 1971, p. 27; y El Guía de Radiomanía-TV (Santiago), nov. 1971, p. 33.

83.

Campos, Voz de la radio, 29.

84.

Véase la programación de Radio Magallanes en El Guía de Radiomanía-TV (Santiago), sept. 1971, p. 40.

85.

Tarud Siwady, Historia de una vida, 196-200.

86.

“Cartelera”, Chile Hoy (Santiago), 9 febr. 1973, p. 31; “Cartelera”, Chile Hoy (Santiago), 9 mzo. 1973, p. 31; “Cartelera”, Chile Hoy (Santiago), 1 dic. 1972, p. 31; “Cartelera”, Chile Hoy (Santiago), 16 febr. 1973, p. 31; “Cartelera”, Chile Hoy (Santiago), 23 febr. 1973, p. 31.

87.

La información de este párrafo está basada en publicidad radial publicada en los periódicos El Siglo (Santiago), Clarín (Santiago) y Las Noticias de Última Hora (Santiago), en diversos meses de 1973. Para hacerse una idea de los comentarios radiales de Volodia Teitelboim durante la dictadura, véase Teitelboim, Una voz.

88.

Sobre el rol de los programas radiales en la democratización de la política y la utilización de formatos novedosos, como auditorios públicos y entrevistas a personas corrientes, véase Loviglio, Radio's Intimate Public, 38-69; McCann, Hello, Hello Brazil, 181-214.

89.

San Martín, “11 en la Radio Corporación”, 44-45.

90.

Campos, Voz de la radio, 28-29.

91.

Tarud Siwady, Historia de una vida, 199-200.

92.

“Cartelera”, Chile Hoy (Santiago), 22 dic. 1972, p. 31.

93.

“¿Quién le pone el cascabel al micrófono?”, Plan (Santiago), 26 abr. 1973, p. 7.

94.

“Periodismo de izquierda: Éxito con barreras”, La Quinta Rueda (Santiago), jun. 1973, p. 9.

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