Hoy nadie duda de que, si bien las emociones son invariables, sus manifestaciones, por el contrario, son culturales, históricas y dependientes del contexto material, afectivo e intelectual en el que se expresan. ¿Hasta qué punto esa dependencia puede inscribirse dentro de un régimen temporal y local, integrarse en una comunidad y dejarse influir por una cultura dominante? Ésta es, en esencia, la pregunta que subyace a todos los capítulos de un libro que ofrece algo más que una aportación al debate sobre el enfoque académico en el tratamiento de las emociones del pasado. Lo más enriquecedor de este volumen no es la argumentación dentro de la actualidad académica, sino la serie de sugerencias sobre aspectos de la vida cotidiana en los que están presentes emociones como el amor, el enojo, el orgullo, etcétera.

Atinadamente los editores advierten en la introducción que en...

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