Abordar temas religiosos en sociedades coloniales genera complejidades inesperadas. La más visible es que el autor tendrá que proponer una tesis válida por lo menos para dos o más miradas de la realidad. Redden ensaya con éxito el esquema agustiniano, por el que los evangelizadores se ubican a sí mismos en la Ciudad de Dios, y destinan a los futuros cristianos en el campo antagonista. La propuesta es manejada con enorme erudición y la metáfora del sabio de Hipona sirve también para contraponer el concepto de urbe equivalente a civilización. Los invasores del Tahuantinsuyu visualizan a los no europeos como esclavos del demonio y por tanto ajenos a los beneficios de sus verdades y paradigmas culturales.

Nada de lo dicho escapa de las líneas seguidas por los investigadores de las últimas décadas del siglo XX, pero el autor despliega su capacidad de manejar el debate teológico de los siglos XVI...

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