En esta intervención quiero recorrer de manera ultra libre algunos aspectos culturales de mi acontecer literario Puede parecer una declaración pueril. Sin embargo no sé cómo expresarlo en otros términos. He dedicado parte fundamental de mi vida a la literatura. Primero como lectora precoz, más tarde ya como lectora literaria, atada, lo recuerdo, al acto de leer en la compleja adolescencia, en tanto liberación y fuga del cotidiano. Y en lo que evidentemente era una ruta ya escrita, los estudios universitarios realizados, cómo no, en letras en dos universidades chilenas. La Pontificia Universidad Católica de Chile en el pregrado. Y la Universidad de Chile en el posgrado.

La escritura estaba en mi horizonte. Estaba como deseo e incomodidad. Porque el exceso de lecturas, los estudios universitarios y su acercamiento a la historia literaria hispanoamericana fascinantes, desde luego, habían causado estragos y me impusieron límites demasiado rigurosos ante la tarea de escribir. Se había abierto una zona en la que el saber se había vuelto adverso. Es posible o es seguro que hice de lo literario un espacio quizás del todo trascendente. Pero, en fin, era lo que tenía. O como diría la escritora chilena Marta Brunet, lo literario era “lo mío, mío” . Se había adherido en mí una línea de deseo emanada desde el interior de una práctica de lectura, como dije, incesante.

Recuerdo que pensé a los 10 u 11 años, después de leer “Por quién doblan las Campanas”, de Hemingway, la primera novela de mi historia, que quería ser escritora. En esos mismos días leí los libros “Corazón” y “La cabaña del tío Tom”. Fueron lecturas dramáticas, desgarradoras. Leí esos libros sumergida en una cuota demasiado alta de sentimentalismo que hoy me parece innecesario. En cambio, la novela de Hemingway ingresó de otra manera, como asombro, como descubrimiento, en el sentido más literal de la palabra. De ahí en adelante me interné en una ruta tal vez demasiado rígida. Quizás.

Ese querer ser escritora se fue haciendo progresivamente más complejo. En cierto modo más inaccesible. Aunque escribía, no escribía lo que escribía. Escribía de manera solitaria y en mi intento reescribía lo que escribían los otros. Lo sabía y lo padecía. Hasta que entendí que mi limitación mayor radicaba en la escritura, no en el argumento sino en la escritura misma. El centro del dilema no descansaba en qué escribir sino en cómo escribir. En ese momento específico me parece que descubrí lo que me ha parecido lo más medular del sistema literario.

Desde luego, lo que afirmo, no es una normativa generalizable, en absoluto. Se trata más bien de un tipo de subjetivación, de un acuerdo, de un sitio personal desde donde parapetarse. La lectura como actividad principal, ya se había decantado. De manera fluida pude establecer una línea de lecturas. Conseguí vislumbrar cómo ciertos textos tenían el poder de configurar políticas, estéticas y poéticas muy poderosas. Fui decantando, en la diversidad literaria, opciones que me cautivaban. Mi admiración contemporánea se depositaba en obras que, de una u otra manera, acudían a estrategias de escritura inesperadas, movían los signos. Sus imágenes eran difusas pero poderosas, en suma, establecían nuevas políticas de lectura. No me refiero a “originalidad” en el sentido más simple del término sino más bien a repensar poéticas, como la novela “Pedro Páramo”. Desde luego Juan Rulfo tiene relación con otros y otros, eso es así porque desde mi perspectiva la literatura puede entenderse, en una de sus vertientes, como un campo geológico relacionado de múltiples maneras. O es una superficie rizomática que se arrastra, cubre, se descubre, avanza.

Digo que leyendo “de todo” pude decantar ciertas vías que, a su vez, constituyeron una forma de aprendizaje o de autoaprendizaje. De una u otra manera el territorio literario para mí se había angostado, lo que implicaba una reducción. Estaba segura de que la tarea descansaba en la plenitud de la escritura, que ese era el desafío. La batalla con la escritura se apoderó de la que iba a ser mi primera novela.

El Golpe de Estado y sus incalculables e imprevisibles efectos obligaron a millones de nosotros a recodificarnos de arriba abajo y alterar los modos de circulación por los espacios públicos. Me resulta difícil, todavía, referirme a esos años muy ominosos. Siempre he temido que referirme a la dictadura podría reducirla, aplanarla y hasta suavizarla. Una mención general podía transformarla en un conjunto de frases vacías, en una serie de lugares comunes, en un simple comentario. Resulta muy complicado hablar de ese largo tiempo atravesado por reglas que fueron penetrando capilarmente motivadas por el miedo. En realidad nunca me he repuesto del traumatismo ocasionado por lo que viví durante esos años. Me refiero de manera especial al impacto por las víctimas, la alevosía de sus penurias, sus heridas, la saña de sus muertes. Las mujeres violadas con animales, el entender que la inhumanidad más plena estaba incorporada a lo medular del sistema, que la crueldad estaba dentro del país. Todavía me resulta angustioso ver la foto antigua de un detenido desaparecido.

Por otra parte, ese fue el contexto, el territorio, la vida cotidiana, los desplazamientos, la impotencia, los nexos primordiales con los amigos de ese tiempo, la soledad que se advertía. Y el encierro territorial. Sé que pude salir y sé también que no pude salir de Chile. Sé que nos quedamos los que nos quedamos y cómo nos quedamos. Fue precisamente en esa atmósfera donde empecé a escribir mi primera novela. Tenía el espacio: la plaza pública.

En años anteriores había iniciado un relato que transcurría en una plaza. Un hombre iba a morir allí. Retomé mi plaza en la plaza. Esta vez, en este nuevo intento, era una mujer. En la noche. Visualicé la noche. La vi, porque la implantación del toque de queda nos obligaba a volver a la casa, a encerrarnos en nuestras casas, en el primer tiempo a partir de las 18, después a las 20, más adelante a las 21 horas, después desde las 23. Más adelante, a las 02 de la mañana. El toque de queda se extendió desde 1973 hasta 1987. En suma 14 años. Durante las horas del toque de queda estaban prohibidas las reuniones familiares de más de 10 personas en el interior de una casa.

Me detengo en este aspecto porque recuerdo cómo una imagen me dio una imagen. Me posibilitó un soporte, la certeza. Me instaló un texto en el ojo. Esa imagen me permitió el lugar más exacto de la novela, le dio parte de su sentido.

Volvía a mi casa y pasé frente a una plaza. Me pareció curioso, extremo, casi extravagante. La plaza estaba vacía porque se aproximaba el toque de queda (estar afuera era extremadamente peligroso, un real riesgo de muerte) y al pasar frente a ese espacio noté, quizás por primera vez, la potencia de su iluminación en una ciudad semivacía que pronto dejaría de existir para sus ciudadanos, porque era la noche de la ciudad dictatorial. Su ciudad, la de ellos, de los militares.

Esa plaza vacía iluminada, perfecta, me pareció un escenario, un sitio para la representación. Me imaginé que más tarde, llegarían los actores de la plaza para dar inicio a una obra singular. Esa fue la imagen más poderosa que me hizo retomar el lugar. Escribir ese espacio nocturno. Me demoré alrededor de siete años. Muy insegura en algunos tramos, exultante en otros, avanzando poco a poco, porque me resultaba tan difícil.

Escribía bajo dictadura un novela. Sabía perfectamente que en esos años existía una oficina de censura. Todo libro requería pasar por esa oficina y obtener un permiso para su publicación. No sabíamos quién o quiénes eran los censores pero el lugar estaba ubicado en el Ministerio del Interior, una de las instituciones más peligrosas por los espionajes provenientes de la agencia de seguridad, porque en Chile, así lo dijo Pinochet, no se movía una hoja sin que él lo supiera.

Existía la posibilidad de no presentar los libros a la oficina de censura, sin embargo, esos libros si no contaban con la documentación correspondiente que permitía su publicación y difusión no podían estar a las escasas librerías de ese tiempo. Yo iba a ser publicada por la editorial de una revista que analizaba ese presente. La revista APSI, frecuentemente censurada, que, además, publicaba libros de Ciencias Sociales. Ese año preciso, en 1983, se ampliaba y empezaba a editar literatura y mi novela sería la primera y sí iría a librerías. Fue un desafío. Tengo que repetir (ya lo he dicho antes) que escribí con un censor al lado, un censor que yo sabía que estaba allí, pero nunca escribí para el censor. Mi desvelo era la escritura. Hasta hoy, hasta este exacto minuto. Mi novela pasó la censura, en mi archivo depositado en la Universidad de Princeton está el oficio firmado por el Subsecretario del Ministerio del Interior que permitió la circulación del libro. Parece, ya lo sé, increíble, que un vice Ministro firme un oficio para permitir la edición de una novela.

Desde mi primera novela y hasta hoy mismo sigo pensando la escritura literaria, su fuerza, su pánico. Cómo convertir el lenguaje en escritura y la escritura en imagen y la imagen en una sede de proliferación de sentidos. Porque, en una de sus partes la escritura apunta a trabajar recorridos no lineales en el interior de un espacio aparentemente plano y buscar en esa planicie el espesor y las múltiples superficies que se pueden generar. Resulta intrincado ingresar en la apariencia de una letra oportuna signada por su uso y deslizarla hacia un territorio menos previsible. Trabajarla, pensarla, equivocarse, rehacer. Hablo de esa palabra específica que se levanta en el texto o del texto para protagonizar el acierto o la falla. Después de todo parece increíble que la escritura de una palabra pueda detener el tiempo hasta proyectarse en una amplia pantalla en tres dimensiones en el centro de la actividad cerebral. Dejar la palabra o eliminar la palabra. Muchas veces, una sola. O el corte que propicia un signo, o la ausencia de corte para promover la velocidad y el exceso.

Desde mi perspectiva, el primer trabajo es con la letra, conseguir una escritura, que opera de manera manual y tecnológica, simultáneamente, desprenderla del lugar común, desasirla del aparato de escritura censado y consensuado por las pedagogías de la letra. Lo que quiero señalar es que más allá de cualquier argumento he pensado la letra misma como trama. Una especie de malla material que en el trapecio de la escritura permite la libertad riesgosa de la contorsión o aligera la caída. Una letra que pacta con la gramática o la altera cuando el texto lo dictamina. Una escritura que recurre a las hablas populares y sus acentos. Siempre he pensado que esas hablas populares percibidas como incorrección: tenís, haiga, vaigamos, son una creación de la comunidad, una expresión cultural. Pienso que cada una de esas palabras portan una belleza y una plenitud comunitaria. Pienso también que habitan en nosotros, los que tenemos una formación más sistemática. Que esas expresiones están alojadas en la parte de atrás de nuestro léxico porque las entendemos perfectamente y, en ese sentido, también nos pertenecen.

Sé que mi posición pudiera ajustarse a una manía, a un constante ajuste de cuentas con la escritura. Entiendo con una cierta relativa claridad que se trata de un desvelo sutil y que puede pasar desapercibido frente a un texto ya finiquitado. Sin embargo es allí, donde en mi ya larga práctica con la escritura ha radicado en gran medida mi energía literaria. También allí, en esa zona, se establece la grieta entre el deseo de escritura y la escritura misma. Un hiato, un vacío en que se advierte el fracaso fundado en la imposibilidad. Pero es esa imposibilidad la que mantiene el deseo que impulsa una vez más a un nuevo intento.

Esa brecha parece generar un eterno presente, siempre aleatorio, un tiempo otro que se introduce en la materialización de la letra para permitir el detallismo, la centralidad de lo minúsculo como articulación de la totalidad. Un hueco detenido en la amplitud de un tiempo que se convierte en espacio. Sería fácil pensar en un tipo de orfebrería, no estoy segura, porque entrar en la letra porta un ingreso en la historia de la letra y a sus sentidos, es un encuentro que aspira a sacarla de su sopor y friccionarla con cercanías no consideradas por las lógicas dominantes. Un impulso que desea llevar a la letra a un momento pleno de perfección. Sin que esa perfección tenga bordes o definiciones. Se trata de una abstracción, de una especie de hambre indeterminada, transalimenticia. Una forma de persecución blanca, circular. Quizás dramática. Porque en esa brecha entre el deseo de letra y la letra material transcurre y se escurre el tiempo de una forma sorprendente y necesaria. La perfección, lo sé, no llegará. Es un horizonte, un signo abierto a la distancia. El límite.

No he terminado de pensar la escritura, su ritmo, su pausa, su fatiga. . Seguramente nunca lo haré. De la misma manera que he pensado el cuerpo como una zona ambigua, escurridiza, inasible, pienso la escritura como un cuerpo que, en la locura de su dispersión, se conforma a pedazos y por pedazos. Trazos, desbordes, bordes irregulares y hasta imperfectos. En fin. He pasado tantos años escribiendo que ya sé como es de esquiva la escritura.

En este tiempo, pienso en lo que me imagino podría ser o no podría ser un libro. Se trata de un impulso, de algo probable e improbable que me acecha. Más bien un deseo de libro que ronda en mí todavía sin escritura. Pienso en un libro sobre los encuentros. En ese deambular o llegar a ciertos lugares y encontrar precisamente algo que se estaba buscando. Un exactitud quizás movilizada por ese inconsciente tan pensado por Freud. En este tiempo me he detenido en eso, en encuentros que resultan cruciales. Quiero decir que con seguridad existen encuentros que no se advirtieron y que pudieron cambiar el curso de la vida o de la escritura que es casi lo mismo. Es posible que esos encuentros inadvertidos no formaran parte de nada como no sea implantar la estela de una determinada nostalgia. Y también he pensado en encuentros que se transforman en desencuentros. Pero lo más resonante en mí es lo inesperado, aquello que subyuga y pone en marcha una multiplicidad de pensamientos. El asombro.

Ya dije que la plaza se presentó ante mí en la noche. Me encontré con la plaza y con la noche y la ciudad dictatorial. No sabía esa noche que la novela se llamaría Lumpérica y que me tardaría siete años en escribirla. De la misma manera en 1983 mientras deambulaba por la ciudad acompañada por Lotty Rosenfeld, nos encontramos con “el Padre Mío” en un erial. Fue tan increíble, emocionante, asombroso. El era único, poético. Dio origen a uno de mis libros más preciados por múltiples y múltiples motivos, de lo cultural a lo personal, de lo político a lo poético. Lo literario. Su sobrevivencia en medio del desamparo, el habla ausente de interlocutores. Yo escribí ese libro del que tengo y no tengo la autoría. Es de él y es mío. Es de él porque le pertenece materialmente, es mío porque me pertenece pasionalmente. Pero ese libro fue posible por tres encuentros, el primero completamente asombroso. Fue un vértigo linguísitico que jamás he vuelto a experimentar. Lo encontré o me encontró, no lo sé, en la vía pública, en un erial de la ciudad. Así. Ocurrió tal como tenía que ocurrir.

No sabía tampoco que en 1986 iba a ingresar a la Universidad Tecnológica Metropolitana, gracias a las recomendaciones de la poeta Eugenia Brito. Y que iba a conocer al genial Oscar Aguilera. Oscar era un lingüista que hablaba varias lenguas y el gran empeño de ese tiempo radicaba en la creación de un léxico de la lengua kawésqar, un pueblo originario habitante del extremo sur del país.

A finales de los años 70 yo había colaborado con la antropóloga Sonia Montecino en la edición de testimonios de mujeres mapuche. Desde luego, como es el pueblo originario más numeroso del país, conocía su historia y la admiraba y estaba realmente comprometida con el trabajo que realicé. Pero la verdad es que con respecto al pueblo kawésqar, solo tenía vagas informaciones. Fue Oscar quien me habló. Me habló y me condujo hasta la lectura de su historia. Me recomendó libros.

Fue dramático leer cómo se fueron extinguiendo y extinguiendo. Me invitó a trabajar con él una interpretación de ciertos relatos kawésqar relacionados con la flora y fauna. Los textos estaban en lengua Kawésqar y Oscar traducía cada una de las descripciones. Mi colaboración era sencilla, consistió en una interpretación de las hablas. Se editó en una revista de la Universidad donde trabajábamos. En esos años sólo quedaban alrededor de cuarenta kawésqar y, desde el punto de vista antropológico, el pueblo estaba extinto. Oscar viajaba constantemente a Puerto Edén.

Este pueblo originario era nómada y vivía en el extremo Sur del país. Navegaban por los canales junto a sus familias y su actividad radicaba en la pesca y en la venta de pieles. En los años 40 del siglo XX, el Presidente Pedro Aguirre Cerda, los ubicó en Puerto Edén que fue destinada como reducción para ellos. Lo hizo porque, según la versión oficial, muchos de los integrantes del pueblo estaban enfermos. Otras versiones apuntaban a despojarlos de la pesca y de la venta de pieles.

Pero este cambio cultural fue desastroso. Quedaron en la isla, literalmente aislados, sin actividad alguna, viviendo de lo que los ocasionales barcos les proporcionaban. Por su parte el Estado les proveía una mantención completamente insuficiente. Pienso que quizás existió una “buena intención” pero ese gesto estatal no consideró su historia y la historia de su resistencia. La canoa no era permutable por tierra firme porque la vida canoera portaba la lengua, la familia y el paisaje en que se habían definido.

Pensé también que se extinguían en medio de un silencio social que era aterrador. Quizás el libro más bello sobre los kawésqar lo escribió un arqueólogo francés, Joseph Emperaire: Los nómades del mar, un libro que debería haber figurado en los planes educaciones, pero la verdad es que sabíamos tan poco de esos pueblos que parecía que se había establecido una forma inconsciente de censura. Oscar Aguilera, en ese tiempo un joven lingüista, estaba entregado a la lengua kawésqar y compartí horas hablando con él, hablando y, lo más importante, aprendiendo.

En el año 2015 y el verano del 2016 estaba trabajando en un libro que recogía ensayos literarios y textos diversos escritos a lo largo de los últimos diez años. Básicamente los textos que iban a confluir en un libro abordaban problemáticas de literatura, arte y política. Me complicaba la estructura del libro, me parecía rígida, poco interesante, monótona. Aunque tenía la selección de textos, el libro no me convencía del todo.

Entonces fue cuando recordé el trabajo en el que colaboré con Oscar y que portaba la lengua kawésqar. Decidí incluir esos antiguos textos (previa autorización de Oscar) como un hilo conductor del libro. Confrontar también mi propia escritura ensayística con la lengua Kawésqar, nombrando sus espacios. Creo que en ese procedimiento radicó lo más importante del libro. Le dio sentido. Volví a pensar la penosa extinción del pueblo.

Ese mismo año, el 2016, viajé a realizar mis clases a la Universidad de Nueva York. En ese tiempo preciso, las mujeres argentinas habían levantado la consigna NI UNA MENOS, ante los numerosos y sistemáticos femicidios y asesinatos de mujeres que ocurrían y ocurrían. La consigna prendió rápidamente por diversos países incluido Chile. Mientras estaba en Nueva York, me escribió la profesora de la Universidad de Princeton, Susana Draper y me avisó que había una manifestación en la Washington Square con motivo de la convocatoria NI UNA MENOS.

Cuando llegué a la plaza, estaban reunidas un grupo de personas, me puse al lado de una mujer joven que resultó ser una científica chilena a quien no conocía. De pronto vi avanzar a un hombre hacia ella y entonces me lo presentó, es Carlos Edén, me dijo, es kawésqar.

Actualmente sobreviven muy pocos exponentes del pueblo. Unas diez personas que son considerados “Tesoros Vivos de la Humanidad” por las Naciones Unidas. Y allí en la calle en plena plaza en Nueva York, me encontraba con uno de ellos, parecía algo cercano a la imposibilidad. Le conté de mi interés, Quedamos de juntarnos a la semana siguiente. Conocía a Oscar Aguilera. Oscar también lo conocía a él. Es sordo, me dijo. Carlos Edén y yo nos juntamos una vez por semana durante los meses que estuve en Nueva York. Horas de conversación.

Durante esas reuniones, conocí su historia. Una vida muy precaria. Desde Puerto Edén a Santiago, desde Santiago a Mendoza, desde Mendoza al Bronx. Y no puedo dejar de pensar que conocí a Carlos Edén que tiene unos ochenta años, respondiendo al llamado: NI UNA MENOS. Fue paradójico. Siento que ese día el tiempo y el espacio se unieron en una trama ardiente, que esa vez sí fueron proclives.

Expresiones de gratitud

Quiero agradecer de manera muy especial a la bella crítica y profesora Natalia Brizuela por la importante invitación que me hizo para participar en el Art Resarch Center, que ella dirige en la Universidad de California en Berkeley. Agradezco también a la querida crítica y profesora Francine Masiello.